El oficio de editar... libros universitarios

03/05/2022Maite Simón

Este texto es la versión en castellano del capítulo «L’ofici d’editar... llibres universitaris» que forma parte del libro "Cent anys fent llibres. La trajectòria d’una editorial universitària. PUV, 1920-2020" (PUV, 2021), coordinado por la autora. Unelibros le agradece profundamente esta traducción que contribuirá a difundir la singularidad del trabajo de los profesionales de la edición.
El oficio de editar... libros universitarios

Hi ha oficis que són bons perquè són bons de viure.

JOAN SALVAT PAPASSEIT 

Cuestión de nombres

He de confesar, antes que nada, que los términos editar y oficio, que forman parte del enunciado con el que me he atrevido a titular estas páginas, me producen un gran respeto, más aún cuando van unidos: el oficio de editar. Y es que, si evocamos la tradición clásica, encontramos que oficio va íntimamente ligado a arte (téchne para los griegos), entendido como habilidad, destreza, conocimiento y dominio de unos determinados códigos para hacer algo. En definitiva, la edición sería una combinación, en cierta manera, de lo que hoy entendemos por artesanía (trabajo manual, práctico, artístico, cuidado, que implica un saber hacer y genera placer...) y técnica o tecnología. Y es desde esa mirada que me propongo enfocar estas consideraciones en torno a la edición como profesión y, en particular, de la edición universitaria.[1]

Merece también alguna precisión la definición de libro universitario. Si bien, comercialmente, se puede considerar que libros universitarios son aquellos destinados al consumo del público universitario, sobre todo alumnado, profesorado y otros destinatarios con formación superior –independientemente de la editorial que los produzca –, no utilizaremos el término en este sentido de clasificación por géneros –en contraposición, por ejemplo, a los libros infantiles y juveniles o a los libros de autoayuda. Los libros universitarios, amparándonos también en nuestros antecedentes medievales europeos y en la tradición posterior,[2] son los producidos en el seno de la universidad, los editados por sus centros, servicios y departamentos editoriales, en definitiva, por las editoriales universitarias.[3] Los libros universitarios no son únicamente los materiales de apoyo a la docencia o las monografías académicas al uso, por aludir quizás a la idea más extendida asociada a esta denominación. Así, en los catálogos universitarios, además de revistas académicas, manuales, actas de congresos y monografías de los diversos campos del saber, es bastante habitual encontrar ensayo, divulgación, pensamiento y, en algunos casos, creación (fruto sobre todo de premios literarios universitarios).

La concepción restrictiva de servicio[4] que recogen los estatutos de las universidades –superada casi totalmente la anterior denominación de secretariado– ha ido evolucionando con los tiempos, y permite, con la implicación de los rectorados o vicerrectorados, comités o consejos editoriales y direcciones de las colecciones y, muy especialmente, con unos equipos internos cada vez más profesionalizados, una mayor autonomía en la gestión en cuanto al diseño de las líneas editoriales, la optimización de recursos, la organización del trabajo y el establecimiento de estrategias dirigidas a la proyección y la visibilidad de los libros universitarios.

Y es en estas líneas preliminares donde hay que hacer también la advertencia sobre otra pareja de palabras clave que, aplicadas a los libros, a menudo se usan de manera indistinta, publicar y editar. Publicar significa simplemente hacer público, difundir, dar a conocer, mientras que el término editar implica una preparación, un trabajo a partir del original, una intervención profesional en el texto –edición, corrección, diseño, maquetación– antes de ser impreso o publicado. Por lo tanto, se puede publicar sin editar, sin hacer esta intervención, por supuesto; eso es lo que hacen las empresas de servicios editoriales dedicadas a la autoedición, las vanity press, que aceptan el original de un autor o autora ilusionada por ver su libro publicado y le facturan determinadas sumas de dinero a cambio de ejercer la intermediación con una empresa de reprografía o imprenta digital.[5] En cambio, el valor y el prestigio de las editoriales viene dado precisamente por el criterio, la coherencia y la profesionalidad a la hora de construir su catálogo; no solo por la elección de títulos y la nómina autorial, sino también por la inversión en el trabajo especializado de todos los participantes en el proceso de producción y, más allá, por la buena estructura de gestión administrativa y financiera, y por la planificación estratégica en la red comercial y de comunicación.

Catálogos editoriales de PUV
Algunos de los catálogos del fondo editorial de PUV. A partir de 2007 dejaron de editarse en papel.

 El trabajo editorial

Es bastante habitual, incluso entre las personas acostumbradas a la lectura, a la compra y a la consulta de libros, que no se tenga en cuenta que entre el manuscrito original de una obra –ahora ya siempre mecanoscrito– y el ejemplar encuadernado hecho libro, se produce una metamorfosis de la que no es responsable sólo una máquina de imprimir, como acabamos de explicar:

... el texto, abstracto sensu, no existe. Existe gracias a un objeto material, el libro, que posibilita el encuentro entre el autor y el lector. Este encuentro se halla mediatizado muy especialmente por la pléyade de mujeres y hombres que intervienen en el proceso de elaboración de los textos [...] Hemos descubierto, con la investigación llevada a cabo por el prof. Chartier, la legión de personas que han contribuido a vertebrar el proceso comunicativo del que han formado parte los textos que el tiempo y nuestros antepasados nos han legado. La materialidad de los textos los hizo tangibles, y nosotros los recordamos por la relación que con ellos establecimos cuando los descubrimos por primera vez (Gimeno, 2021).

Este desconocimiento disminuye cuando hay una implicación autorial y, necesariamente, se vive el proceso en primera persona. En los diccionarios, el término edición se define, más o menos, como el «proceso de producción e impresión de un documento con la finalidad de publicarlo». Sabemos que la impresión, ya sea por los procedimientos tradicionales de offset o por cualquier otro que utilice las tecnologías digitales, es un proceso industrial. Pero, ¿en qué consiste el proceso de producción de un libro? ¿Qué trabajos forman parte de este? ¿Qué personas participan? ¿Qué formación es necesaria para desempeñar el trabajo de editor o editora?[6]

Son muchas las metáforas que ayudan a entender el trabajo de la editora. Una muy gráfica es la que lo asocia al de una partera, una matrona, porque es alguien que, de acuerdo con la etimología (editor viene de la forma latina ēdĕre) trae algo hacia fuera, ayuda a dar a luz; en este caso, contribuye –y de qué manera– al nacimiento de los libros. Esta «profesión no profesional», en palabras de Tomás Granados (2005), no es nada fácil de aprender ni de enseñar. Más allá de los escasos estudios reglados sobre artes gráficas y edición, cursos formativos encaminados a la práctica profesional, posgrados y másteres de edición y de algunos libros sobre libros, a editar se aprende editando:

El de edición es un concepto amplio, e implica tanto un arte como un oficio. En los crucigramas, la palabra editar suele figurar con una larga lista de pistas: revisar, alterar, redactar, perfeccionar, enmendar, corregir. El oficio puede ser aprendido con bastante facilidad mediante la atención diligente a las reglas de la gramática y a las convenciones de uso y estilo. Para el dominio del arte, en cambio, las reglas no bastan; se requiere una sensibilidad especial, un oído bien afinado y un instinto que solo se logra con años de experiencia (Sharpe y Gunther, 2005: XVII).

El trabajo de editora abarca multiplicidad de funciones y tareas. La terminología en inglés para referirse a las diferentes vertientes del trabajo editorial, más precisa, hace una distinción clara entre publisher (persona empresaria o responsable de la gerencia editorial) y editor (responsable literaria), por ejemplo. Acquiring editor, managing editor, line editor, copy editor y production editor son, además, algunas denominaciones de los perfiles del área de edición. En nuestra tradición, lo más habitual es utilizar sólo el sustantivo, editor, que puede resultar ciertamente más polivalente pero también más impreciso y ambiguo. Cuando me presento como editora, mi interlocutor no sabe si soy propietaria o gestora de una editorial o me dedico al trabajo de edición. En nuestro ámbito, los editores no siempre son publishers.

Las editoras de PUV, Maite Simón (i) y Amparo Jesús-María (d), con David García, responsable de marketing de PUV, en un momento de una jornada de trabajo, en diciembre de 2020 / ML
Las editoras de PUV, Maite Simón (i) y Amparo Jesús-María (d), con David García, responsable de marketing de PUV, en un momento de una jornada de trabajo, en diciembre de 2020 / ML

Además de la titularidad y la tipología, una editorial –pública o privada, grande o pequeña, especializada o generalista, independiente o perteneciente a un gran grupo, etc.– requiere una estructura profesional o profesionalizada para desarrollar los diferentes trabajos que conducen al cumplimiento de la finalidad de la editorial: administración, edición, producción, marketing, comunicación, red comercial, gestión de derechos, etc. «Diferentes trabajos» no siempre significa «diferentes personas», sobre todo en las editoriales de dimensiones reducidas, ya que a menudo el editor debe encargarse, además, de la coordinación y el seguimiento de la producción, ocuparse intelectualmente de la negociación de derechos, implicarse en la comunicación y en las estrategias de marketing –precisamente por su conocimiento del «producto»– y ejercer como representante y cara visible de la marca editorial en los diferentes foros profesionales y empresariales del sector.

El principal cometido para un editor que se dedica a la dirección o a la coordinación editorial es el de configurar el catálogo de su sello con coherencia y rigor. Es su responsabilidad la búsqueda de autores, la selección de originales y los análisis de la competencia y del mercado para diseñar con conocimiento las políticas editoriales de la empresa y los calendarios. Es habitual que recurra a asesores especializados o que cuente con consejos de dirección para las colecciones. Y, por otro lado, que se ocupe de la gestión de derechos. Como ya ha quedado dicho, los profesionales de la edición no provienen necesariamente de una determinada área de conocimiento, aunque es más común encontrar perfiles de formación en Humanidades (Filología, Historia, Filosofía...). Sin embargo, son muchos también los que pertenecen a la rama de las Ciencias Sociales, como la Economía, el Derecho o la Sociología. En cualquier caso, la persona que está al frente de la dirección editorial debe tener una sólida formación, un gran bagaje cultural y, sobre todo, una gran amplitud intelectual para poder analizar y ponderar todo aquello que puede ser de interés, sin dejar de lado las tendencias del mercado. Este perfil suele trabajar en relación directa con los demás integrantes del equipo editorial, especialmente el editor o el personal de corrección.

Inma Mesa y Celso Hernández de la Figuera, del departamento de diseño y maquetación de PUV, buscan las mejores soluciones gráficas para la composición de los libros / ML
Inma Mesa y Celso Hernández de la Figuera, del departamento de diseño y maquetación de PUV, buscan las mejores soluciones gráficas para la composición de los libros / ML

En una editorial, la edición es el núcleo central, la razón de ser de la empresa o del departamento del organismo público. El editor selecciona y propone títulos, da forma y calidad a las colecciones, trabaja directamente con las propuestas de edición y con autores y autoras, estudia los textos y los adapta, los adecua a la línea editorial, al formato o a otros requerimientos técnicos. Coordina todas las tareas de producción (corrección, maquetación, diseño) porque tiene una gran responsabilidad –después de los autores, claro está– en el contenido. Un buen original facilita, sin duda, la labor de la editora pero no la hace prescindible. La editora debe trabajar con el original para conseguir el equilibrio necesario entre el contenido y la forma, estudiando los recursos gráficos más convenientes para cada tipo de libro (tablas, imágenes...) y las soluciones editoriales más adecuadas al tipo de obra (notas, anexos, índices...), a la colección y al público destinatario: «Donem, doncs, uns mateixos originals, una mateixa idea editorial, a editors diferents i sortiran de cada un obres prou diferents, tot i compartir la primera matèria» [«Demos, pues, unos mismos originales, una misma idea editorial, a editores diferentes y saldrán de cada uno obras bastante diferentes, a pesar de compartir la materia prima»] (Blanch, 2011: 12). Debe ocuparse también de la confección de la página de créditos y de la revisión, con extremo cuidado, de todos los paratextos (títulos, dedicatoria, índices, prólogo, pies, cabeceras, notas, referencias bibliográficas, colofón...), todas las veces que sea necesario.[7] Como afirma Manuel Pimentel (2007: 93), «el ojo del editor, indudablemente, engorda el libro». Para la cubierta, que suele ser la parte más vistosa del libro, debe trabajar con el departamento de diseño y también con el de marketing, valorando y decidiendo las imágenes, los colores, la tipografía y los textos de solapas y cubierta posterior. Las cubiertas deben comunicar, de la manera más atractiva posible, el contenido de las obras y evocar una línea gráfica de la editorial, y su revisión es especialmente delicada: una errata no detectada a tiempo puede provocar la retirada de la edición una vez impresa y encuadernada.

Ya se ha dicho que son muchos los diferentes perfiles profesionales que integran un equipo editorial. Sin embargo, y según las dimensiones de las editoriales, es habitual que se externalicen determinadas tareas, como la corrección o la maquetación. No me detendré en aspectos concretos de estas artes, que se tratan en otros apartados de este volumen, pero sí quiero destacar que ambas son fundamentales para el resultado final de un libro bien editado. Es una paradoja que el trabajo de corrección –ortotipográfica y de estilo– llevado a cabo por personas con altas competencias lingüísticas y grandes dotes de observación, sea, a menudo, invisible. Por el contrario, el buen diseño y la adecuada composición se aprecian a primera vista. Un libro con una maquetación deficiente (por la elección de la tipografía y el cuerpo, poca interlínea, desproporción entre la caja de texto y los márgenes de la página, etc.) puede dificultar la lectura y generar una percepción negativa sobre el contenido.[8]

En definitiva, el buen trabajo editorial es el resultado de la interacción de diferentes saberes, artes y habilidades conducentes a la edición de libros y a la construcción del catálogo editorial. Ciertamente, el quehacer editorial no acaba en la edición, y necesita conseguir cierta proyección cultural y comercial para sobrevivir. La profesionalización, sin embargo,

no podrá ser la adquisición de un conjunto de conocimientos de una vez y para siempre, sino la adquisición de aquellas aptitudes nodales para trazar estrategias y movilizar procedimientos institucionales, recursos económicos, tecnologías, relaciones interpersonales y criterios sociales, culturales, intelectuales y estéticos para resolver de la manera más satisfactoria el vínculo entre un proyecto imaginado y su materialización (Costa y Sagastizábal, 2017: 162-163).

Pruebas con marcas de corrección / MS
Pruebas con marcas de corrección / MS

La editorial universitaria: la razón de ser

En las líneas anteriores he hecho un apunte sobre el quehacer editorial para ilustrar también el trabajo de una editorial universitaria. Si bien decía antes que hay numerosas semejanzas entre las editoriales privadas y las universitarias con respecto al objetivo principal, también es obvio que las profundas diferencias que nos conforman como editoriales públicas, mayoritariamente, pueden evidenciar su distancia. Digo editoriales públicas porque formamos parte de una institución, la Universidad, que se nutre de financiación pública, y es precisamente esta la principal singularidad que sirve de argumento a ciertos sectores cuando no solo nos acusan de hacer competencia desleal sino que, en algunos casos, llegan a cuestionar la legitimidad de nuestra existencia.[9] Y eso quiere decir que somos visibles, que hacemos nuestra labor de editores y que tratamos de gestionar adecuadamente los recursos públicos cuando hacemos contratos de edición, cuando compramos y vendemos derechos, cuando creamos redes comerciales locales, nacionales, internacionales y virtuales, cuando distribuimos los libros y los vendemos, cuando conseguimos espacios en las librerías y en los medios, cuando ganamos público lector, cuando retribuimos a los autores por las ventas de sus libros, cuando establecemos acuerdos de coedición... en definitiva, cuando, como editoriales universitarias, mayoritariamente generalistas, atendemos la tercera misión de la Universidad contribuyendo, mediante las ediciones universitarias, no sólo a la difusión de las diversas ramas del saber –ciencias, tecnología, artes y humanidades– desde diferentes perspectivas y géneros, sino a la extensión de la cultura, del pensamiento crítico y de la pluralidad de ideas. En una reciente publicación sobre el futuro de la universidad (Rivero, 2021: 133), una voz tan autorizada como la del rector de la Universidad de Salamanca, reflexiona sobre los fines propios de la institución académica, sobre el reto que plantea la multidiversidad y cómo incide en las funciones clásicas de docencia e investigación. Las otras funciones, las «accesorias», como la extensión cultural, no son ya cuestionadas aunque, obviamente, la cultura universitaria no puede ser exactamente igual a la cultura general: «Debe ser avanzada, minoritaria (no en el sentido elitista, sino en el de dar lugar a expresiones emergentes) y conectada siempre a los conceptos, ideas y valores que se pretende transmitir». Y continúa, ahora ya, refiriéndose a la edición universitaria, una actividad que, precisamente en la Universidad de Salamanca, cuenta con una prestigiosa tradición:

A una conclusión semejante podríamos llegar analizando los servicios de publicaciones de las universidades, cuyas aportaciones a los debates intelectuales no deben desconsiderarse. ¿Quién publicaría ciertas obras hiperespecializadas que pueden convertirse sin embargo en clásicos en el largo plazo? ¿Lo harán las editoriales privadas? El espacio de las editoriales universitarias en el sector está perfectamente justificado, no en vano existen desde hace siglos sellos editoriales muy prestigiosos vinculados a universidades. Deben mantenerse porque determinados títulos no se difundirían si no fuera por esa vocación de difundir el saber, sin el afán del beneficio de corto plazo.

Y un deber fundamental es encontrar el equilibrio entre la aparente contradicción que supone la organización y el mantenimiento de la editorial universitaria como empresa de cultura para la socialización del conocimiento y la necesidad de gestionar adecuadamente los recursos públicos articulando los circuitos comerciales imprescindibles para la difusión de las publicaciones. El debate no es nuevo y somos bien conscientes de ello. Carme Pinyana (2010) reflejaba el sentir general de las editoriales universitarias cuando afirmaba con contundencia:

La importància, doncs, de l’edició universitària és rellevant i irrenunciable, i el seu manteniment hauria de considerar-se per damunt de si genera beneficis econòmics directes a caixa. [...] Aquest camí cap a la suposada racionalització de l’edició pública universitària [...] ara constreny.

[La importancia, pues, de la edición universitaria es relevante e irrenunciable, y su mantenimiento debería considerarse por encima de si genera beneficios económicos directos a caja. [...] Este camino hacia la supuesta racionalización de la edición pública universitaria [...] ahora apremia.]

En síntesis, el to be or not to be que proclama nuestro ADN: sobreponerse a la dificultad –sí, dificultad– de pensar en términos editoriales dentro del entorno académico y tener que tratar al mismo tiempo el libro como un bien cultural y una mercancía. Las editoriales universitarias, sin embargo, no pueden sucumbir al modelo económico dominante que se ha ido imponiendo en el sector privado, donde la capacidad de decisión está cada vez más determinada –cuando no confiada en la práctica totalidad– por el área comercial o de marketing.

La revolución tecnológica que ha afectado al sector editorial ha popularizado otras maneras de hacer libros, de leerlos, de difundirlos y ha hecho crecer la autoestima de todo aquel dispuesto a publicar a cualquier precio. Antes me he referido, de pasada, a la autoedición pero no he incidido en lo que representan para las editoriales universitarias los repositorios universitarios gestionados por las bibliotecas.

El afán de las bibliotecas por facilitar el acceso universal a los contenidos científicos, independientemente de los procesos editoriales a los que se hayan sometido o deban someterse –afirma Belén Recio–, me parece una minusvaloración del trabajo editorial y del valor que este aporta a la publicación.

Y es que las editoriales universitarias somos más bien generadoras y responsables de contenidos y las bibliotecas, gestoras y preservadoras, sin preparación específica ni funciones de edición. Las bibliotecas administran los repositorios digitales de la misma manera que tradicionalmente han gestionado los depósitos de libros, solo que ahora la tecnología permite conseguir más visibilidad. No se cuestiona la necesidad de repositorios sino las líneas divisorias que, desdibujadas en algunos puntos, pueden inducir a confusión. Porque, con dotaciones presupuestarias significativas y plantillas generosas, las bibliotecas universitarias, «las niñas de los ojos» de las universidades, están reinventándose desde hace tiempo y, por lo que parece, nadie ha pensado que, con un poco de sensibilidad, se podrían haber diseñado alianzas naturales con las editoriales universitarias.

Con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universitat de València, el historiador francés Roger Chartier, experto en historia del libro y de la cultura escrita, planteaba en su lectio:

¿Cómo reconocer un orden del discurso, que fue siempre un orden de los libros o, para decirlo mejor, un orden de las producciones escritas que asociaba estrechamente autoridad de saber y forma de publicación, cuando las posibilidades técnicas permiten, sin controles ni plazos, la puesta en circulación universal de opiniones y conocimientos, pero también de errores y falsificaciones? ¿Cómo preservar maneras de leer que construyen el sentido a partir de la coexistencia de textos en un mismo objeto (un libro, una revista, un periódico) mientras que el nuevo modo de conservación y transmisión de los escritos impone a la lectura una lógica enciclopédica donde cada texto no tiene otro contexto más que el proveniente de su pertenencia a una misma temática? (Chartier, 2021: 29).

Deberá ser la historia la que nos ayude a encontrar respuesta a los interrogantes del presente.

Logotipo con el lema creado para la celebración del centenario de la editorial.
 

El personal

Como organismos públicos que somos, la composición de las plantillas es, de natural, heterogénea. Un servicio de publicaciones o editorial universitaria cuenta con varias personas que, básicamente, son personal laboral o del funcionariado (administración especial y general). En muchos casos, el grueso de la gestión administrativa recae en personas del personal de administración y servicios (PAS) que pueden haber trabajado antes en una secretaría o en un departamento, sin ninguna cualificación especial sobre gestión editorial. Los aprendizajes no son sencillos, pero la mayor satisfacción es comprobar que a pesar del volumen de gestión no se producen grandes movimientos de rotación entre el personal administrativo, que alcanza largos periodos de estabilidad en PUV. El equipo técnico de las editoriales universitarias suele estar formado, por un lado, por personas que ocupan plazas con denominaciones genéricas (técnico medio, oficial de oficios, encargado de equipo...), sin una formación especializada previa pero que han aprendido el oficio trabajando en ello. Y, por otro, por especialistas con una determinada formación, como los correctores o las editoras, que también se estabilizan en la editorial, sobre todo por una cierta adicción afectiva al trabajo con los libros, pero también por la inexistencia de plazas parecidas en la plantilla universitaria. Sin embargo, el diseño más especializado de las plantillas teniendo en cuenta la singularidad de determinados departamentos o servicios universitarios es fruto, entre otros, de una labor pedagógica con los equipos rectorales y con la gerencia. Parece, sin embargo, que aquellos planes que se iniciaron a principios de los años noventa no han tenido en cuenta la transformación del sector editorial ni la revolución tecnológica que está afectando al libro en todas sus dimensiones, no sólo en cuanto al soporte material sino a las nuevas formas de distribuir y de comercializar, a las nuevas formas de gestionar. Y dado que las plantillas, al menos la de PUV, no incluyen, hoy por hoy, otras plazas especializadas, a menudo se recurre a una especie de ingeniería genética para servirse de proyectos y otras fórmulas –a veces imaginativas y originales– para disponer de personal.

M . Ángeles Olmos, Inma Mesa, el profesor Llorenç Ferrer, Maite Simon y Ligia Sáiz en la entrada del antiguo Servicio de Publicaciones en la calle de la Nau (1997) / AP
M . Ángeles Olmos, Inma Mesa, el profesor Llorenç Ferrer, Maite Simón y Ligia Sáiz en la entrada del antiguo Servicio de Publicaciones en la calle de la Nau (1997) / AP

Por lo que he podido contrastar, la primera plaza con nombre de «editor/a» que tenía cabida en una relación de puestos de trabajo (RPT) universitaria fue precisamente la de la Universitat de València, en 1990, a la que opté cuando fue convocada, dos años más tarde –hacía cuatro que había entrado en el Servicio de Publicaciones, al principio como coordinadora desde una plaza de baja cualificación («técnica encargada de equipo de trabajo») y luego como «técnica de marketing», de cualificación media–. En realidad, había que ser chica/o para todo, con independencia de la nómina. La plantilla administrativa, salvo una auxiliar,[10] se dedicaba a la composición de los libros[11] y había otra persona, sin plaza definida en la plantilla, que hacía tareas de corrección en castellano de los pocos títulos que se editaban en aquellos tiempos.[12] Aquella RPT era innovadora, pese a todo, ya que, además de la plaza de «editor/a» preveía también una de «técnico/a medio/a de marketing» –que fue la primera en convocarse– y otra de «corrector/a de catalán», que se cubrió en abril del año 1991.[13] Curiosamente, la plaza que ocupaba el primer corrector de estilo, de oficial de oficios, era parecida a la de los oficiales de jardinería o cocina del entonces Colegio Mayor Lluís Vives, sin una cualificación –ni retribución– adecuada. Es inexplicable que esta situación no se haya podido corregir hasta hace poco más de un año,[14] un cuarto de siglo después de la jubilación del primer corrector. En una situación de parecida indefinición se encuentra el trabajo de diseño y maquetación, estructural dentro del ecosistema productivo editorial y que requiere una formación especializada, habilidad tecnológica y creatividad, entre otras cualidades; sin embargo, son otros de los puestos de la plantilla que mantienen denominaciones tan genéricas y ambiguas como la de «técnica encargada de equipo de trabajo», que ocupa Inma Mesa y, de nuevo, «oficial de oficios», asignada a Celso Hernández desde su incorporación a PUV en enero de 1999. Estos detalles y muchos otros dan cuenta del lastre que cargamos en cuanto a la profesionalización de las plantillas y a la estructura de los equipos de las editoriales universitarias.

Tradicionalmente, desde la proliferación de los servicios editoriales universitarios, en la mayoría de universidades la dirección era encargada por el rector o vicerrector correspondiente a un docente de la casa, con o sin experiencia. Con una dedicación a veces testimonial y con una retribución menos que simbólica, algunas de las personas designadas para este cargo correspondían con igual implicación. Por el contrario, otros, a pesar de tener que compaginarlo con sus tareas docentes e investigadoras, se volcaban en la editorial, un servicio que todo el mundo coincide en afirmar que requiere de una dedicación total y continuada, extraordinaria, especialmente en universidades grandes y complejas. En la actualidad son pocas las editoriales universitarias que mantienen esta fórmula de la dirección docente y la inmensa mayoría ha optado, desde hace años, por contar con profesionales de la edición para asumir la dirección de los servicios de publicaciones, que suele recaer en técnicos superiores con años de experiencia y formación.[15] Sin embargo, no es oro todo lo que reluce porque también ahí, las denominaciones y los perfiles de estos profesionales con atribuciones directivas son de lo más variado: «coordinador de publicaciones», «técnico especialista», «técnico superior de publicaciones», «responsable de servicio», «director técnico», «directora de la editorial», «jefe de unidad» o «jefe de servicio», e incluso otros como «responsable del servicio de publicaciones e imagen institucional». El grado de responsabilidad nominal no siempre se corresponde con los trabajos del día a día, que varían en función de las dimensiones de la editorial y del organigrama funcional del equipo de trabajo. Nos consta que muchos de los colegas que ocupan la dirección técnica de una editorial universitaria a menudo asumen, además de las tareas de representación, también tareas administrativas y de gestión editorial: presupuestos, liquidaciones, gestión económica y financiera, gestión de convenios, relaciones con los autores, redacción de libros de estilo, revisión de originales, tramitación de las evaluaciones, edición de mesa, coordinación y control de la producción, coordinación de los colaboradores editoriales –por ejemplo los consejos de dirección o asesores de las colecciones y el consejo editorial–, presencia en ferias, presentaciones y actividades comerciales de lo más variado, impartición de formación especializada y un larguísimo etcétera que me ahorro seguir reproduciendo. A la inversa, también confluyen a menudo altas responsabilidades, de facto directivas, en determinados perfiles profesionales que no tienen aparejada la denominación ni la categoría laboral de dirección. Un totum revolutum de difícil comprensión. En cualquier caso, la dirección de la editorial, tanto si se encomienda a una persona del PDI como a una del PAS, depende orgánicamente del vicerrectorado al que está adscrito el servicio (Cultura, Investigación, Tecnologías...), aunque trabaja, en general, con total autonomía.

Cuando aludimos a la reiterada reivindicación de la profesionalización en las editoriales universitarias lo hacemos con unos planteamientos abiertos, que abarcan todo el espectro del equipo que, con un trabajo en colaboración, debe conseguir y mantener el prestigio necesario para su marca editorial. Y esto supone una elevada responsabilidad, porque un sello universitario implica, per se, un referente de autoridad:

El llibre científic com a símbol de la saviesa organitzada, estructurada, transmissible i perdurable [...], com a font i consulta de coneixement, continua sent essencial per al desenvolupament dels objectius de les universitats, i les editorials universitàries assumeixen un paper important dins de la institució, una tasca irrenunciable que, en nom de l’excel·lència, no es pot desatendre (Pinyana, 2020).

[El libro científico como símbolo de la sabiduría organizada, estructurada, transmisible y perdurable [...], como fuente y consulta de conocimiento, sigue siendo esencial para el desarrollo de los objetivos de las universidades, y las editoriales universitarias asumen un papel importante dentro de la institución, una tarea irrenunciable que, en nombre de la excelencia, no puede desatenderse (Pinyana, 2020).]

El gran privilegio que tenemos las personas que trabajamos en una editorial, las que intervenimos en la cocina de los libros, es que experimentamos otras maneras de leer, que es el hacer –un verbo con toda la polisemia posible, casi infinita– los libros.[16] Hace unas semanas, mientras permanecíamos confinados en casa y nos estrenábamos, sin anestesia, en esto del teletrabajo, en una reflexión sobre la falta circunstancial de apetito lector, escribía:

... també ens alimenten, i molt, les altres maneres de llegir. Estic referint-me a la sort dels qui podem llegir des de dins, dels qui fem llibres, dels qui intervenim en la cuina amb el nostre treball editorial. Aquests dies, teletreballant, continuem nodrint-nos intensament, sí. Sembla una obvietat però cal insistir en la idea que ni tot el que llegim són llibres, ni tots els llibres són fruit d’un treball editorial. Fer un llibre no és només escriure alguna cosa –literatura, ciència, divulgació...– destinada a ser-ho. Fer un llibre implica una mirada polièdrica i una intervenció coral de molts agents que han d’ocupar-se de la revisió, la correcció, el disseny, la il·lustració... en definitiva, de tots els processos que integren l’edició. I un llibre té també l’abans –gestió, contractació...– i el després –promoció, distribució, venda... (Simón, 2000a).

[... también nos alimentan, y mucho, las otras maneras de leer. Me refiero a la suerte de quienes podemos leer desde dentro, de quienes hacemos libros, de quienes intervenimos en la cocina con nuestro trabajo editorial. Estos días, teletrabajando, continuamos nutriéndonos intensamente, sí. Parece una obviedad pero hay que insistir en la idea de que ni todo lo que leemos son libros, ni todos los libros son fruto de un trabajo editorial. Hacer un libro no es sólo escribir algo –literatura, ciencia, divulgación...– destinado a serlo. Hacer un libro implica una mirada poliédrica y una intervención coral de muchos agentes que deben ocuparse de la revisión, la corrección, el diseño, la ilustración... en definitiva, de todos los procesos que integran la edición. Y un libro tiene también el antes –gestión, contratación...– y el después –promoción, distribución, venta... (Simón, 2000a).]

Visibilidad, transparencia y calidad

La labor editorial de las universidades ha ido configurando, especialmente en las últimas décadas, un espacio particular dentro del campo de la edición. Un espacio en el que, con el tiempo, ha conseguido entrar y permanecer por méritos propios. Internamente, sin embargo, a veces sentimos que somos, todavía, los grandes desconocidos. En las universidades más grandes, es difícil que se pueda concentrar toda la producción bibliográfica en el servicio editorial, y los departamentos y centros tienen plena autonomía para mantener una línea propia de publicaciones, esporádica o consolidada. En la Universitat de València se hicieron en el pasado algunos intentos preparando borradores de reglamentaciones para una hipotética centralización que, con toda lógica, debía ir acompañada de un incremento considerable de la plantilla y de la correspondiente dotación presupuestaria en PUV. Esta iniciativa no llegó a materializarse y en la actualidad, en nuestro catálogo editorial, a efectos de comercialización, siguen figurando publicaciones con la marca PUV y otras con el nombre de Universitat de València.

La accesibilidad a la información y las nuevas formas de comunicar facilitan el conocimiento de cualquier noticia, actividad, lectura... y posibilitan también las transacciones comerciales. Es impensable que en el siglo XXI ninguna organización, empresa, profesional, asociación o entidad de cualquier tipo no disponga de un espacio web para presentarse y ofrecer sus bienes o servicios. En el caso de las editoriales universitarias, la web es fundamental porque, además de ser una herramienta para la difusión de las ediciones y para el posicionamiento, sin duda, del nombre de la propia universidad, es un expositor comercial inmejorable que facilita la relación directa entre el público destinatario y la editorial. Aunque desde PUV y desde el sector editorial universitario en general se apuesta por el mantenimiento y el respeto a la tradicional cadena de valor del libro (del autor/a al público pasando por la editorial, la distribución y la librería) como garantía para la supervivencia del sector, lo bien cierto es que las profundas transformaciones en las que estamos inmersos han supuesto y suponen unos instrumentos esenciales a sumar. Y también, para acercarnos a nuestro público natural y –aunque para las redes no existen fronteras– más próximo, que es el entorno universitario. El espacio web de PUV (https://puv.uv.es), además de mostrar todas las publicaciones editadas y comercialmente vivas (ediciones en papel y electrónicas) y la información habitual sobre la editorial, ofrece también, de acuerdo con las políticas de transparencia y buenas prácticas que deben regir todas las gestiones y decisiones públicas, los documentos informativos sobre las líneas editoriales y los procedimientos para presentar propuestas de edición, explicitación de los trámites, vías y plazos. Sorprende aún que algunas personas, especialmente de la propia comunidad universitaria, crean que la edición es un proceso más o menos automático que no debería requerir demasiada dedicación ni tiempo, porque a menudo lo que más interesa es la obtención de un ISBN que aporte peso al currículum. Conocedores de los filtros académicos para publicar en revistas de impacto, no se esperan que en la editorial de la universidad también existan unos procedimientos reglados conducentes a garantizar la validez académica de los contenidos y la viabilidad de su publicación. «En ocasiones resulta desalentador ver que incluso alguno de tus compañeros, de tu misma Universidad, no conocen la labor que realiza la editorial», afirmaba hace poco la presidenta de la UNE, Ana I. González (2020).

En general, en PUV –ni en la inmensa mayoría de las editoriales universitarias que conocemos– no se publican únicamente los autores universitarios y no se trabaja restrictivamente para el autoconsumo, pero tenemos el deber inexcusable de luchar por el reconocimiento académico de nuestros autores y autoras, porque el sistema de acreditaciones a menudo ignora y desprecia –cuando no penaliza– las publicaciones universitarias, especialmente si están hechas en la propia casa.[17] ¿Es esta una ponderación justa que pone freno a la endogamia? ¿Por qué un autor de la propia universidad no puede optar legítimamente a buscar la mejor salida posible para su investigación, una vez pasadas las preceptivas evaluaciones ciegas, tan generalizadas en los procedimientos establecidos por las editoriales universitarias? ¿Por qué, a menudo con recursos económicos públicos, fruto de proyectos u otras ayudas, se debe procurar la publicación en otros sellos editoriales que precisamente no aplican más criterios que la compensación monetaria asociada a la propuesta?

Las métricas aplicadas a la producción bibliográfica ponen el foco en parámetros meramente académicos y ignoran, de manera consciente, el envoltorio formal del trabajo editorial, que aporta un considerable plus al producto final. Es precisamente este un clamor compartido entre los responsables de las editoriales universitarias, que a menudo sentimos una cierta indignación –en primera persona del plural– con motivo de algunas exhibiciones públicas de ignorancia, incluso de desprecio, por parte de algunos influencers.

Hasta hace bien poco, la sola mención de calidad aplicada a las publicaciones universitarias era percibida como un oxímoron. Generaba suspicacias, dudas y desconfianza, arraigadas en las etiquetas que han lastrado durante décadas el sector: publicaciones sin ningún control sobre los contenidos, gestión «alegre» de los fondos públicos, publicaciones hechas sin profesionalidad y sin interés de pervivencia, libros de dudosa calidad estética y un largo rosario de acusaciones. Por fortuna, gracias a la toma de conciencia personal a partir de las relaciones profesionales, la formación especializada, la necesidad de proyección, la apuesta enérgica desde dentro, con un respaldo institucional casi incondicional, y, sobre todo, la fuerza asociativa que ha posibilitado el posicionamiento público y el reconocimiento de las editoriales universitarias, gracias a todo ello, digo, han ido diluyéndose los prejuicios que planeaban sobre la edición universitaria. A todo eso y a las pruebas que lo acreditan, que son precisamente la inmensa mayoría de los libros que hacemos. No quiero dejar de citar un ejemplo singular –extraordinario, eso sí–, como es la bellísima y cuidada edición del volumen Edición universitaria. Cuestión de estilo (2020), que acaba de publicar la Editorial Universidad de Cantabria, coordinado por su editora y directora Belmar Gándara. Las editoriales universitarias debemos poder armonizar los contenidos y las formas con equilibrio, de acuerdo con las características, los objetivos y el público destinatario de los libros.

La calidad editorial «total» debería combinar numerosos niveles, no siempre fáciles de integrar. Quizás las estructuras universitarias deberían replantearse cómo incide el peso de la gestión en la calidad de los contenidos y en el cuidado de las formas como ingredientes previos de las buenas ediciones. Está claro que los resultados no siempre son fruto de operaciones matemáticas, ni siquiera de repartos porcentuales, pero es innegable que dependen, en gran parte, del número de títulos que se editan y de las personas, con conocimiento y buen hacer, dedicadas al trabajo editorial. Como también, de las prioridades institucionales. Al fin y al cabo, la calidad editorial aporta prestigio a nuestras universidades. Como escribía recientemente Gustau Muñoz (2020):

La qualitat d’una editorial és un intangible poderós, un actiu fonamental difícil d’aconseguir però que es pot perdre fàcilment si no es vigila. Si es cometen errades, minva inopinadament el nivell formal i de continguts, si es despista el públic lector amb alts i baixos desorientadors, la cosa comença a anar malament. Poques editorials aconsegueixen el grau màxim del segell de qualitat, aquell que indueix un segment del públic lector a seguir-les, a interessar-se per la seua producció només pel fet que l’ha publicat l’editorial en qüestió, a la qual es fa confiança perquè no ha decebut mai i manté l’interès dels seus llibres, una línia coherent i la garantia de qualitat. Una garantia que implica –a més de la publicació d’autors i títols interessants– absència o un mínim d’errades, presentació atractiva, cos de lletra i interlineat adequats, pàgines llegívoles, bon paper, revisió adient dels textos, bones traduccions... tot el que defineix una tasca editorial reeixida.

[La calidad de una editorial es un intangible poderoso, un activo fundamental difícil de conseguir pero que se puede perder fácilmente si no se vigila. Si se cometen errores, merma inopinadamente el nivel formal y de contenidos, si se despista el público lector con altos y bajos desorientadores, la cosa empieza a ir mal. Pocas editoriales consiguen el grado máximo del sello de calidad, aquel que induce a un segmento del público lector a seguirlas, a interesarse por su producción sólo por el hecho de que la ha publicado la editorial en cuestión, en la cual se confía porque no ha decepcionado nunca y mantiene el interés de sus libros, una línea coherente y la garantía de calidad. Una garantía que implica –además de la publicación de autores y títulos interesantes– ausencia o un mínimo de errores, presentación atractiva, cuerpo de letra e interlineado adecuados, páginas legibles, buen papel, revisión adecuada de los textos, buenas traducciones... todo lo que define una labor editorial exitosa.]

En PUV, el horizonte de la calidad editorial siempre ha sido una constante que ha guiado nuestro trabajo, estimulados, es justo decirlo, por las muestras de reconocimiento y valoración obtenidas. Como editorial universitaria, siempre se ha hecho un esfuerzo por el mantenimiento de unas líneas editoriales definidas y por hacer libros rigurosos, publicaciones de calidad, tanto en lo que se refiere al contenido –responsabilidad de sus autores y autoras– como con respecto a la edición. Cito de nuevo a Gustau Muñoz (2020) cuando dice «si l’intangible de la qualitat és l’aspiració que haurien de perseguir totes les editorials en general, en el cas de l’edició pública és un imperatiu» [«si lo intangible de la calidad es la aspiración que deberían perseguir todas las editoriales en general, en el caso de la edición pública es un imperativo], y sólo puedo acabar diciendo que en ello estamos.

El rector Esteban Morcillo en ANECA, con representantes de diversas universidades, después de recoger los certificados acreditativos del Sello de Calidad en Edición Académica CEA-APQ a las colecciones Desarrollo Territorial y Aldea Global, esta última coeditada por UAB, UJI, UPF y PUV (2017).
El rector de la UV, Esteban Morcillo, en ANECA, con representantes de diversas universidades, después de recoger los certificados acreditativos del Sello de Calidad en Edición Académica CEA-APQ a las colecciones Desarrollo Territorial y Aldea Global, esta última coeditada por UAB, UJI, UPF y PUV (2017).

Un apunte final

Cuando preparaba las notas para redactar estas líneas, después de tantos meses sin ninguna interacción profesional presencial debido al aislamiento forzoso motivado por el COVID-19, tuvimos la imperiosa necesidad de sentir cerca el calor de unos cuantos colegas de penurias y alegrías, los amigos y las amigas editoras universitarias que tanto nos conocemos –algunos desde hace más de treinta años– y que tan bien dominan el oficio, y yo tuve el atrevimiento de hacerles, sin pretensiones de exhaustividad, un «tercer grado» en forma de cuestionario.[18] Además de algún dato numérico de aquellos que, a pesar de ser necesarios, me gusta poco utilizar, todas las respuestas, con algún ligero matiz, incidían en los temas fundamentales que he planteado en las líneas anteriores. Y en muchos otros que no he podido reflejar por razones de adecuación al título de este trabajo pero que, sin duda, me han confirmado que no estoy sola en la manera de entender y trabajar en la edición. Sin embargo, no estoy segura si he sido disciplinada o, por el contrario, he derivado introduciendo otros aspectos que pueden parecer colaterales. Pero es que hablar de este oficio nuestro de editar libros universitarios es como destapar una (otra) caja de Pandora llena de pasiones, ilusiones y posibilidades, y también de resistencias, incertidumbres y dificultades; en el fondo, sin embargo, siempre encontramos a Elpis, la diosa de la esperanza, para seguir adelante desde la conciencia de nuestro privilegio.

No es este un análisis completo, ni profundo ni exhaustivo, como digo, de la edición universitaria,[19] ni siquiera una panorámica. No he querido abordar el tema tampoco con la contraposición de «fortalezas y debilidades», o hablar de «retos» o de «futuro», con o sin la bola de cristal. Quizás en algún momento he utilizado un tono ciertamente didáctico porque he considerado importante comunicar y crear conciencia sobre la necesidad del trabajo editorial bien hecho, sobre la innegable necesidad de contar con todos los agentes que aportan valor a los libros y sobre la manera de visibilizarnos también dentro de nuestras instituciones universitarias, porque lo que no se conoce no se valora.


NOTAS

NOTA GENERAL. El presente texto es la versión en castellano del capítulo «L’ofici d’editar... llibres universitaris» que forma parte del libro, coordinado por Maite Simón,  Cent anys fent llibres. La trajectòria d’una editorial universitària. PUV, 1920-2020 (Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2021, p. 164-183). En adelante, las indicaciones de las notas 2, 3 y 17, cuando remiten a páginas determinadas, van referidas a esta misma obra.

[1] Aunque me referiré más adelante, eludiré expresamente en esta exposición profundizar en los modelos de edición de las empresas privadas. Los modelos de gestión y, sobre todo, los objetivos empresariales, difieren profundamente de los objetivos de las editoriales universitarias, pero quizás resulte sorprendente comprobar cómo somos de coincidentes con respecto a las líneas esenciales del trabajo editorial.

[2] El historiador Antoni Furió hace un extenso repaso y documenta profusamente en este mismo volumen (pp. 27-161) la relación histórica inherente entre la universidad y los libros.

[3] Entre las universidades españolas (UNE) –y también entre las valencianas (EDITUNIVAL) y las de la Xarxa Vives d’Universitats– hay varios modelos de editorial universitaria, no solo en cuanto al nombre («servicio», «departamento», «centro», «editorial»...) sino también por su gestión administrativa y editorial. Más allá de una cierta autonomía de funcionamiento, compartimos numerosos objetivos y estrategias por lo que respecta a los ejes básicos de trabajo y, al fin y al cabo, a la promoción y al posicionamiento del libro universitario. Más adelante dedicamos unas páginas a tratar con más detalle (pp. 312-338) la importancia del asociacionismo sectorial. Se puede ampliar información sobre la red profesional universitaria que nos vincula en <https://www.une.es> y acceder a la diversa documentación, tanto colectiva como individual de cada editorial universitaria asociada.

[4] «Serveis de publicacions. Amb aquest nom tan espantós han quedat relegades la majoria d’editorials universitàries de les universitats del país» [«Servicios de publicaciones. Con este nombre tan espantoso han quedado relegadas la mayoría de editoriales universitarias de las universidades del país»] son palabras de Carlota Torrents (2007: 97). Sin embargo, y más allá del nombre –de nuevo, los nombres–, herencia del siglo pasado, la autora mezcla las características y funciones de los servicios de reprografía cuando afirma que «... s’han convertit en grans copisteries» [«... se han convertido en grandes copisterías] (p. 98). Es comprensible la confusión, dado que la mayoría de los servicios de publicaciones universitarios más antiguos también contaban con imprenta propia y eran el departamento que, además de imprimir libros, surtía la universidad de impresos, tarjetas, sobres de matrícula y muchos otros documentos. Antoni Furió (2006: 109) consideraba que «... caldria anar desterrant el nom antipàtic i desafortunat de servei de publicacions, pel que té de vague i imprecís [...] i de burocràtic, de rutinari, de passiu [...] i substituir-lo pel mot més adequat d’editorial, d’editorial universitària». [«... habría que ir desterrando el nombre antipático y desafortunado de servicio de publicaciones, por lo que tiene de vago e impreciso [...] y de burocrático, de rutinario, de pasivo [...] y sustituirlo por la palabra más adecuada de editorial, de editorial universitaria».]

[5] Dos décadas después de la aparición de L’edició sense editors, las reflexiones de André Schiffrin siguen siendo indispensables a la hora de analizar los cambios y la evolución del sector editorial.

[6] Considero importante hacer una precisión, justo en este punto, sobre el uso del lenguaje inclusivo. El debate es de sobra conocido. No es adecuado recurrir reiterativamente al uso de dobletes, editor o editora, ni apostar siempre por genéricos no marcados cuyo resultado puede producir una mayor imprecisión: no es lo mismo decir «el trabajo editorial» (el trabajo de la empresa, el trabajo del grupo de personas que trabajan en ella...) que decir «el trabajo del editor (o de la editora)» (el trabajo de la persona, el o la profesional). Por eso, cuando me referiré en estas páginas a los diversos roles y oficios de las áreas editoriales (corrección, traducción, maquetación, diseño, marketing...) lo haré, deliberada e indistintamente, en masculino o en femenino. Sin embargo, cuando hable del oficio, profesión, dedicación, pasión u otros temas vinculados al trabajo de la persona editora lo haré en femenino, no solo porque es sabido que son numerosas las mujeres que están al frente de estas tareas –alguien decía que esta era una profesión feminizada– sino porque es también mi voz personal la que habla.

[7] Tengo especial simpatía por la denominación chivatos de la edición, que hace referencia a aquellos detalles que, por diversos cambios en el proceso de edición, pueden pasar inadvertidos en las sucesivas correcciones y revisiones. Algunos ejemplos: la correspondencia de la paginación del índice y la del interior, algún cambio menor en un título que puede no haberse reflejado en el índice o en las cabeceras, los números del ISBN y el código de barras, por si se ha trabajado con plantillas y han quedado los del trabajo anterior, la correcta consignación del nombre, completo o abreviado, del autor o autores...

[8] Recientemente, el colega Juan Luis Blanco, director de Publicaciones de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), me recordaba en un amistoso intercambio epistolar relacionado con este oficio nuestro, las palabras del prestigioso diseñador y tipógrafo mexicano Jorge de Buen que venía a decir que una buena edición es como una copa de cristal: transparente. El continente debe pasar desapercibido y acomodar con eficiencia el contenido, de manera natural, casi imperceptible.

[9] Quiero creer que esta percepción ha cambiado notablemente en los últimos años con el impulso de las alianzas profesionales universitarias que, en forma de asociaciones como la UNE, han hecho visible que el espacio de la edición universitaria apenas ocupa, con toda legitimidad, una mínima fracción en la intersección con los intereses privados.

[10] La auxiliar administrativa del Servicio de Publicaciones era única y multifunción. Quiero recordar con gran afecto a la tristemente desaparecida Conchita Tudó, compañera cumplidora y solícita, que me sirvió de gran apoyo en aquellos años en los que todo estaba por hacer. Remedios Espinosa se incorporaría para sustituirla e introduciría un mayor dinamismo y modernidad en la gestión durante los seis años que trabajó en ella. Posteriormente, con la incorporación de personal técnico, hubo alguna otra dotación administrativa adicional.

[11] Este era el caso de Ligia Sáiz Otálora, Inma Mesa Ballester y Mª Ángeles Olmos Zafra. Las tres, auxiliares administrativas en origen, han sido las componedoras-maquetadoras históricas de PUV. Ligia, incorporada en 1979, se jubiló en 2004; Mª Ángeles, que entró en la Universidad en 1981, trabajó en PUV durante dieciséis años, antes de cambiar de destino en 1997. La decana es Inma Mesa, que, actualmente, ha superado las cuatro décadas en la editorial –con pasión, dedicación y oficio– y todo hace prever que se jubilará también entre libros. Ellas tres tuvieron que aprender con la práctica profesional diaria e ir adaptándose a la evolución tecnológica que ha marcado –y marcará, todavía– las últimas décadas.

[12] Se trataba de Rafael Badía Marín, que ejercía, desde inicios de los años ochenta, de corrector de castellano. Badía, jubilado en 1997, no perdía ocasión para reivindicar con insistencia el reconocimiento del oficio del corrector de estilo, denominación que nunca se vio reflejada, como tal, en la plantilla de la Universitat de València.

[13] Esta era una plaza inexistente hasta entonces, pero, aunque debía tener un perfil de corrección editorial, se unificó con las de los entonces traductores del Servei de Normalització Lingüística. Lo ocupa, desde el principio, Elvira Iñigo.

[14] En 1998 accedió a la plaza de corrector el historiador Pau Viciano, que ha estado dedicándose durante veinte años a las tareas de corrección editorial de PUV como «oficial de oficios». Resulta difícil entender este tipo de disfunciones administrativas.

[15] Precisamente la Universitat de València ha contado, y cuenta todavía, con la figura del PDI para la dirección del Servicio de Publicaciones. Es la única de las editoriales universitarias valencianas, y de las del ámbito lingüístico de la Xarxa Vives, que aún lo mantiene. Esta opción conservadora contrasta con la trayectoria innovadora en cuanto al posicionamiento de su editorial, PUV, pionera y modelo para muchas otras editoriales universitarias de nuestro ámbito, tanto valenciano y catalán como español.

[16] La expresión fent llibres [haciendo libros] acompañada del número 100, constituye precisamente el lema elegido para celebrar el centenario de PUV: «100 anys fent llibres».

[17] Es cierto que en los últimos años, gracias a los objetivos trazados por la Junta Directiva de la UNE, ratificados en asamblea por las editoriales universitarias y centros de investigación asociados, se ha hecho un gran trabajo para ir diluyendo esta injusta consideración, sobre todo por lo que supone de menoscabo y de falta de valor académico asociado a la etiqueta de «publicación universitaria». Este tema clave es tratado en profundidad en este mismo volumen (pp. 340-355) por Ana Isabel González, presidenta de la UNE hasta noviembre de 2021, paladina incansable que, con dedicación y con mucha pedagogía –y con la tarea interna de las editoriales, por descontado–, está consiguiendo diluir los prejuicios de las agencias evaluadoras. Sin embargo, queda trabajo para alcanzar una plena normalidad.

[18] Agradezco inmensamente a todos y todas el tiempo y la paciencia que han dedicado a las respuestas y valoraciones. Ha sido muy reconfortante este ejercicio terapéutico con Juan L. Blanco (Universidad de Santiago de Compostela), Dimas Borrego (Universidad de Huelva), Javier de Castro (Universitat de Lleida), Belmar Gándara (Universidad de Cantabria), Jaume Llambrich (Universitat Rovira i Virgili), Joan Carles Marset (Universitat Autònoma de Barcelona), Vicente Navarro (Universitat d’Alacant), José Antonio Perona (Universidad de Castilla-La Mancha), Remedios Pérez (Universitat Politècnica de València), Carme Pinyana (Universitat Jaume I), Belén Recio (Universidad Pontificia Comillas) y Fernando Somoza (Universidad de Burgos).

[19] En las páginas de este volumen se pueden encontrar otras colaboraciones que inciden en la gestión, las políticas comerciales y de comunicación, las relaciones gremiales, el prestigio y la calidad y muchos otros temas desde la perspectiva de PUV que muestran, al fin y al cabo, una radiografía con ciertas semejanzas con otras editoriales universitarias, al menos en lo esencial.


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Maite Simón

Maite Simón

Maite Simón es Jefa de edición de Publicacions de la Universitat de València (PUV).

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