
A Maite Simón, jefa responsable de edición de Publicacions de la Universitat de València (PUV), mucha gente la conoce por su nombre y por su trayectoria en el mundo de la edición universitaria y en el conjunto del sector editorial valenciano. Pero para comprender realmente quién es y cómo trabaja, hay que tratarla personalmente. Yo misma la había visto en algunos actos, de pasada. La primera vez que hablo con ella para preparar este libro, e incluso la segunda, percibo a una mujer meticulosa, asertiva, seria en el trabajo, con las ideas tan claras que me impone un poco. Sin embargo, en las siguientes citas me relajo y veo en ella mucho más que a la profesional; la conversación fluye y me genera confianza y cercanía. Mi primera impresión se amplía hasta el punto de tener muy claro que me iría de fiesta con ella sin pensármelo.
Cuando tiene lugar esta conversación (febrero-marzo de 2025), Maite lleva treinta y siete años como editora de PUV. De hecho, ella fue la primera editora universitaria de España. Lo cuenta con humildad: «No te lo cuento para ponerme ninguna medalla, ¿eh? Simplemente porque las cosas fueron así». Desde entonces, PUV se ha consolidado como un sello de prestigio en el mundo editorial. Su trayectoria, aparentemente concreta tras la ocupación de editora, es el resultado de un camino mucho más complejo y apasionante.
La primera entrevista la hacemos de manera virtual. Ella, en su estudio de casa, lleno de libros; yo, en el mío. Hablamos sobre todo de su trayectoria profesional, pero también de aspectos personales que ayudan a entender mejor su manera de ser y de trabajar. Una no es únicamente su trabajo, porque la profesión y la vida se retroalimentan y, de alguna manera, se conforman mutuamente, creo yo. La conversación se nos hace corta y decidimos volver a encontrarnos en persona.
La segunda cita tiene lugar en el Servicio de Publicaciones, fuera del horario laboral, aprovechando que, casualidades de la vida, las dos asistiremos unas horas más tarde al acto de entrega de los Premios de la Crítica del Institut Interuniversitari de Filologia Valenciana. En ese momento no me lo dice, pero, una vez iniciado el acto, ato cabos: una de las premiadas es su hija, Mireia.
Se accede a la editorial por la librería de la Universitat, que ocupa un espacio privilegiado en el número 13 de la calle de les Arts Gràfiques, con unos escaparates en esquina con la calle del Dr. Moliner de València. Los despachos se distribuyen a lo largo de un pasillo y el suyo, a la izquierda, tiene la puerta abierta. Al entrar, me recibe un ambiente cálido: estanterías abarrotadas, la mesa llena de pruebas y documentos y, de fondo, un réquiem de Cherubini. Canta en el Orfeó Valencià y ese era el repertorio que estaban preparando. Que Maite cante en el Orfeó me resulta interesante y, sobre todo por cómo me lo cuenta —con un brillo especial en los ojos—, diría que habla mucho de ella. Su familia tiene cierta educación musical y ella, que también ha transmitido a sus hijos la pasión por la música —su hijo, Guillem, es director de coro y pianista—, siempre había querido cantar; desde hace ocho años, a los retos profesionales suma ensayos y conciertos.
Licenciada en Filología Catalana y diplomada en Magisterio (Educación Preescolar y Filología Valenciana) por la Universitat de València, Maite reconoce: «Siempre había pensado que me dedicaría a la enseñanza. Pero me independicé muy joven y tuve que compaginar estudios y trabajo. Después de años de empleos precarios, me llegó la oportunidad de optar a una vacante en la editorial de la Universitat, y allá que me presenté».
¿De dónde venías?
Crecí en la avenida del Puerto de València, en el seno de una familia castellanohablante. Mi padre, funcionario del Ministerio de Agricultura, era de Enguera (la Canal de Navarrés); mi madre, enfermera, había nacido en Miranda de Ebro (Burgos). No tenían otra conciencia cultural o política que la española. Pero tomé una decisión de juventud que me cambiaría la vida, personal y profesional: haría del valenciano mi lengua. Mis conocimientos eran muy incipientes, pero mi voluntad de hablar y escribir en valenciano era férrea. El sentido del ridículo por no saber abrir las vocales o por soltar barbaridades era casi inexistente. Al terminar el Curso de Orientación Universitaria (COU), hice unos cursillos del Seminari de Llengua i Cultura del País Valencià y después los cursos del Institut de Ciències de l’Educació (ICE). Compraba y leía libros en valenciano, siempre con el lápiz en la mano y el diccionario al lado.
Entrar a trabajar en Acció Cultural del País Valencià (ACPV) fue clave para reforzar mi conciencia lingüística y mi sentimiento de pertenencia a una comunidad cultural propia y, sobre todo, fue para mí un máster en el uso y la normalización de la lengua. Me matriculé en los cursos de lengua de Carles Salvador (por correspondencia) y aprendí muchísimo. En aquella época, en el seno de ACPV y de la editorial 3i4, tuve el privilegio de conocer a Enric Valor, Joan Fuster, Vicent Andrés Estellés, Adolf Pizcueta, Joaquín Maldonado y muchos otros escritores y personalidades del valencianismo cultural y político.
¿Cómo entraste a trabajar en ACPV?
Trabajé allí como administrativa entre 1982 y 1988, aunque al principio pegaba sellos, ensobraba boletines y hacía un poco de todo. La verdad es que me había independizado y necesitaba salir adelante. Después de un periodo de incertidumbre existencial —sonríe al decir estas palabras—, me matriculé en Magisterio y tenía que ir a clase a partir de las siete de la tarde, cuando salía del trabajo. Más tarde también me matricularía en Filología Catalana. Siempre le he agradecido a Eliseu Climent que me facilitara, en aquellos momentos, cierta conciliación: con una breve pausa al mediodía podía salir antes por la tarde e ir a la universidad. El hecho de que las dependencias de Moratín, 15, se compartieran con la editorial 3i4 me permitió empezar a descubrir el mundo de la edición, aunque de manera tímida y puntual. Recuerdo cosas relacionadas con la revista L’Espill y, sobre todo, la revisión de galeradas con Josep Lacreu y Ximo Naval: yo leía el original (manuscrito o mecanografiado) corregido y ellos repasaban la composición que había hecho la imprenta, que llegaba en rollos continuos, y marcaban los errores y erratas tipográficas y de composición.
¿Y cómo fue el paso al Servicio de Publicaciones de la Universitat?
Fue una suma de coincidencias. En 1988, el jefe de la imprenta de la Universitat dejaba la plaza y había que cubrirla con urgencia. Vicent Salvador, que dirigía el Servicio y con quien coincidía a menudo porque también llevaba una colección en 3i4, me animó a presentarme. Tenía veintiséis años y muchas inseguridades, pero superé las pruebas y entré con un contrato laboral modesto, pese a la responsabilidad del cargo.
Eran años de efervescencia en la Universitat. Con el rector Ramon Lapiedra se respiraba una atmósfera de cambio y el antiguo Secretariado de Publicaciones empezaba a transformarse en una editorial moderna. Con Isabel Morant, vicerrectora, y Vicent Salvador, director del Servicio, se diseñó una estructura más técnica: plaza de editor, correctores de castellano y catalán, marketing y también plazas administrativas, algunas con funciones de maquetación y diseño. A medida que iban saliendo las convocatorias, me presentaba: primero, a la de marketing; después, al licenciarme en Filología Catalana, pude optar a la de editora, en la que continúo.
Maite era joven y entiendo que se sintiera insegura, pero sus explicaciones biográficas, las que aquí consigno y las que no, me dejan muy claro qué tipo de mujer era para convertirse en la mujer que es hoy. En aquella época, como dice el poeta, «tot estava per fer i tot era possible».
Nuestra editora habla y habla, y creo que la evocación de aquella época trepidante le genera una cierta ansiedad. Con aquel diseño de una plantilla profesional, el Servicio de Publicaciones fue pionero en el ámbito universitario español.
«Por cierto, no sé si te he dicho que entonces estábamos en la calle de la Nave. Nuestro Servicio estaba en la planta baja, justo en la parte que ocupa la actual cafetería y las dependencias anexas. Mi despacho estaba donde ahora está la barra del bar, ¡junto a la ventana! Recuerdo, con cierta nostalgia, cada palmo de aquellas instalaciones, siempre llenas de papeles, cajas de libros y microfichas, que era el formato en el que publicábamos las tesis doctorales leídas en la UV. Cuando entré, ya habían eliminado las máquinas de la imprenta».
¿Sabías algo de todo aquel mundo?
No sabía nada, ni del mundo editorial en general ni de la edición universitaria en particular. El Servicio publicaba poquísimos libros al año y no había contratos de edición ni de distribución, ni una estructura comercial definida. Las líneas editoriales se limitaban a las colecciones Cultura Universitària Popular —creada por Vicenç M. Rosselló, que también dirigió el Servicio—, Oberta y poco más. Poco a poco fui entrando en materia y tomando conciencia de dónde me había metido. De la ilusión inicial había que pasar a la acción. No me costaba nada levantar el teléfono —todavía no teníamos internet— y preguntar a compañeros de otras universidades o de editoriales privadas cómo resolvían determinados aspectos o si conocían distribuidores de confianza. Así, poco a poco, íbamos creciendo y haciéndonos un hueco en las librerías.
Cuando hablas con Maite, siempre matiza que PUV es una editorial, no un departamento que hace libros ni una oficina institucional: es una editorial con todo lo que eso implica. Una de las diferencias fundamentales respecto a lo que publica un ayuntamiento, una consejería o una diputación es, precisamente, la existencia de una línea editorial y el análisis de la viabilidad de lo que publicamos. Y cuando hablamos de viabilidad o rentabilidad no debemos centrarnos solo en términos económicos, que también, sino sociales.
Pero sois públicas.
Sí, claro, funcionamos con dinero público. Nuestro privilegio es no depender únicamente de la rentabilidad económica, sino también de la social y cultural. Los libros universitarios se venden, algunos modestamente. Y muchos de los que publicamos, si no los hiciera una editorial como la nuestra, sencillamente no existirían. Eso sí: siempre gestionamos con responsabilidad e intentamos ajustar las tiradas a lo que se necesita.
¿Qué publicáis y cómo se decide qué se publica y qué no?
Somos una editorial generalista que abarca sobre todo las humanidades, en sentido amplio, que coinciden principalmente con las grandes ramas de conocimiento de nuestra Universitat: historia, filología, filosofía, didáctica…; también ciencias sociales y ciencias puras. Publicamos investigación, divulgación, manuales y ensayo. Ni los autores no tienen que ser necesariamente profesores universitarios ni el público lector se limita a la comunidad académica. Parece una obviedad, pero mucha gente todavía no lo sabe. En los últimos años ha aumentado la publicación de obras colectivas en detrimento de las monografías, y todo ello tiene que ver con el sistema de evaluación del profesorado. Esto requiere una explicación que, si viene al caso, puedo ampliarte después.
Y contesto a la segunda parte de la pregunta. Las propuestas pasan, primero, por una revisión interna: valoramos si encajan en la línea editorial —está claro que no publicamos novela, autoayuda o literatura infantil, por ejemplo— y analizamos su estructura, redacción, interés, bibliografía… Por lo general, se envían a evaluación externa mediante el sistema de doble ciego: dos personas expertas en el tema, ajenas a nuestra universidad y a la del autor, emiten informes independientes. Si discrepan, se solicita un tercero. Así garantizamos imparcialidad y transparencia, condiciones imprescindibles para las menciones de calidad y para el reconocimiento académico de autores y editoriales. Esta complejidad no existe en una editorial privada, que selecciona su catálogo con mayor libertad, pero nosotros debemos seguir y poder documentar un proceso riguroso y transparente.
El trabajo de Maite suele empezar cuando un original llega a sus manos —o incluso antes, cuando algún autor le pide consejo para perfilar la propuesta— y parece terminar cuando el libro ya está editado. Pero los libros, en realidad, nunca dejan de crecer, y ella tampoco los deja solos: es habitual verla en presentaciones, ferias o actos del sector, velando por que cada obra tenga la difusión y la visibilidad que merece. De Maite dicen que es muy meticulosa y exigente; si algo pasa su filtro, está bien revisado.
«Bien revisado, seguramente. Pero no somos infalibles. Trabajamos en equipo y, aunque aplicamos una mirada múltiple, todavía puede haber errores. La perfección no existe. Ya sabes eso de los duendes de la imprenta. Además de trabajar directamente en edición, también hago muchas otras cosas de planificación, gestión y relaciones profesionales. Como editora, también tienes que preguntarte de vez en cuando cómo quieres y puedes influir, humildemente, en el camino que debe seguir la editorial, y tienes que ser proactiva. En PUV he tenido mucha libertad para explorar. Pero también debo decir que la realidad es tozuda: la carga de trabajo, la diversidad del trabajo editorial y la burocratización de la gestión pública limitan mucho».
¿Y qué parte de tu trabajo te gusta más?
Lo que más me gusta es hacer de editora de mesa: trabajar con los originales, poder añadirles valor formal, enriquecer los textos —¡o simplificarlos!—, mejorar su estructura u otros detalles que considere necesarios para una transmisión más clara; en definitiva, estar en la cocina de los libros, ese espacio invisible donde un texto se va cociendo poco a poco hasta convertirse en una obra acabada, que ya no es solo del autor, sino también del lector. Creo que un autor siempre necesita otras miradas que le hagan ver cosas que uno mismo ya no ve, y eso es especialmente necesario en el tipo de libro que publicamos. Los autores son la autoridad en cuanto al contenido, pero la forma y la manera de ofrecérselo al lector dependen de nosotros. Siempre lo digo: no es lo mismo publicar —hacer público un texto— que editar, que consiste en intervenir profesionalmente para que pueda llegar a sus destinatarios en las mejores condiciones.
Me gusta el trato directo con los autores; piensa que el trabajo de cada persona es muy personal e íntimo, y la escritura desnuda un poco. Nosotros «invadimos» en cierta medida ese espacio personal y, de acuerdo con ellos, intervenimos mucho o poco en su obra. Me gusta pensar que mi papel es discreto pero fundamental, como el de quien acompaña para que todo llegue a buen puerto. Con los autores establecemos a menudo una relación de confianza, imprescindible para trabajar bien. Como editora debo transmitir seguridad y firmeza, pero siempre con asertividad.
¿Crees que se conoce realmente el trabajo que hace una editora?
Creo que no. Si cualquier persona ajena al mundo editorial ve un original manuscrito, con recortes de periódico, un sobre con fotografías y otros materiales, documentos… y, tiempo después, ve el libro editado, lo entendería. Solo los autores —la mayoría— aprecian y agradecen la tarea de sus editores y correctores, un trabajo que a menudo resulta invisible a los ojos de quien lee después el libro. La labor de los correctores, de los buenos correctores, es imprescindible y no consiste solo en poner comas o corregir faltas o erratas mecanográficas. Tanto ellos como yo intervenimos mucho en el conjunto. En realidad, lo que queremos es que el trabajo conserve su esencia y la personalidad de sus autores. Debemos saber dar forma y adecuar los contenidos, tanto si se trata de física cuántica como de medicina o de cualquier tipo de texto. No trabajaremos igual con documentación del siglo XV que con material docente para estudiantes de odontología, por ejemplo, o con una traducción de textos latinos.
Maite es una mujer de hechos, de ir al grano, de construir, aprender, compartir, enseñar y ofrecer, pero también de solicitar sinergias y facilitarlas. Cuando entró en el Servicio de Publicaciones de la Universitat de València se estaba produciendo cierta eclosión de servicios editoriales universitarios en el ámbito del Estado español. Todos sufrían problemas comunes y perseguían los mismos objetivos. Era el momento de unirse: constituyeron la Asociación de Editoriales Universitarias Españolas (AEUE, actualmente UNE); ahora, en 2025, ya son más de setenta.
Antes has mencionado el trabajo asociativo.
Creo que no podemos funcionar de manera aislada, ni en la vida ni en la profesión. Somos seres sociales y nos necesitamos. El recurso natural de pedir y ofrecer ayuda, sobre todo al principio, cuando todo estaba en construcción, fue fundamental para crear y participar en las entidades profesionales que nos vertebraron. Es un mundo en el que hemos aprendido, enseñado y nos hemos enriquecido. Formamos parte de la UNE, que vertebra las editoriales universitarias españolas, y de la Associació d’Editorials del País Valencià (AEPV), que nos integra en el sector editorial valenciano. También tenemos un grupo de trabajo, EDITUNIVAL, de las editoriales universitarias valencianas. Y, en otro nivel más institucional, formamos parte de la Xarxa Vives, que agrupa a las universidades de lengua catalana, donde damos impulso al grupo de trabajo de las editoriales universitarias. Todas estas alianzas nos han dado impulso y proyección, y han generado proyectos compartidos a todos los niveles.
Y conseguisteis poner la edición universitaria en el mapa.
Sí, pero costó. He ido a congresos, seminarios, encuentros profesionales… Cuando decía que venía de la universidad, me respondían: «Claro, así sí que se puede», y, directa o indirectamente, dejaban caer lo de la competencia desleal. Pero no desistí. Pensé que en el País Valencià había un tejido editorial y que había que intentar integrarse en él, no solo para aprender, tejer lazos y ganar proyección, sino también para, con mucha pedagogía, ir desmontando los prejuicios existentes sobre la edición universitaria (que malgastábamos el dinero público, que solo publicábamos a los amiguitos, que nuestros libros eran de trámite y de compromiso…). Pero hacía falta que nos aceptaran en la AEPV. Entonces la presidenta era Rosa Serrano. Al estudiar nuestro catálogo, propuso a la junta directiva nuestra incorporación y fuimos aceptados como miembros de pleno derecho. Fue un hito histórico, visto en perspectiva, y me enorgullece haberlo hecho posible. Eso facilitó enseguida la incorporación del resto de editoriales universitarias valencianas: la de la UJI, la UA y la UPV. Somos públicas y no podemos optar a ayudas, pero contribuimos a crear músculo colectivo en la edición valenciana, a aprender unos de otros y a intentar resolver los problemas comunes.
¿Crees que el libro universitario llega realmente a la sociedad?
Sí, cada vez más. Y no lo digo solo por la ausencia de fronteras en las redes. Los temas y enfoques de nuestros libros se dirigen a determinados sectores de público interesado y curioso, y no siempre son libros muy eruditos. Abordan muchas temáticas y niveles. Trabajamos los circuitos comerciales tan bien como podemos y tenemos distribución y servicio en todo el mundo, especialmente en América Latina y Europa. Sin embargo, conquistar un espacio en las librerías sigue siendo casi heroico. El sistema ha cambiado mucho en la última década y seguiremos viendo una evolución que lo transformará aún más. Hace unos años, la salida real a la calle de los libros que editábamos, su exposición en las ferias comerciales del libro, impresionó incluso a nuestro rector, que hasta entonces no se hacía una idea de la cantidad, variedad y calidad de lo que publicábamos. Eso sirvió para ir consolidando un espacio universitario propio en las ferias. Y parece que solo hemos hablado de la edición en papel, pero desde hace bastantes años publicamos también en versión electrónica comercial y, últimamente, una parte significativa de los títulos en acceso abierto. El sello PUV es reconocido, aunque sigue costando hacerse visible en esta selva de tantas novedades.
Pero vosotros contáis con la Librería de Publicaciones de la Universitat de València.
Sí, es una librería singular. La creamos, entre otras razones, precisamente por esa desconexión. Pero no es solo para los libros de PUV. Tenemos el fondo de todas las editoriales universitarias españolas. Ahora todas las editoriales tenemos portales de venta en línea y todo se encuentra en las redes, pero hace veinte años localizar un libro universitario y poder comprarlo era muy difícil. Desde la UNE también se puso en marcha el portal Unebook, que ofrece todas las publicaciones universitarias españolas.
Habéis consolidado un sello de prestigio y habéis recibido numerosos premios, personales e institucionales. Me parece que, después de estas conversaciones, ya puedo deducir cómo se consigue todo eso.
Sí. Considero que los premios personales son, en gran parte, colectivos, porque siempre he trabajado en equipo y, sobre todo, con compañeras de un nivel profesional altísimo. Para PUV, además de premios concretos por obras y colecciones, por las mejores ediciones o por traducciones y coediciones, han sido muy especiales los que reconocen nuestra trayectoria. El primero fue el Cavaller Tirant, que nos concedió el Gremi de Llibreters en los años noventa, y más recientemente el Premi Plaça del Llibre de la Fundació FULL a la trayectoria editorial y, por el 9 de Octubre y con motivo del centenario de la editorial, el galardón institucional de la Generalitat Valenciana. Todos estos reconocimientos han sido muy satisfactorios y estamos muy agradecidos.
¿Cómo cerrarías esta conversación?
(Ríe y piensa). En primer lugar, agradeciéndote que hayas querido acercarte a nosotras, las editoras, para intentar dejar un testimonio profesional que, en conjunto, estoy segura de que será muy interesante. Te diría que, después de tantos años, editar ha sido para mí mucho más que una profesión: ha sido un privilegio y una pasión, una forma de vida que me ha regalado aprendizajes, personas y experiencias que nunca habría imaginado. También me ha exigido rigor y esfuerzo, pero me ha descubierto el sentido más profundo: sentirme parte, desde los libros, de un compromiso colectivo con la cultura y con la sociedad. Quiero que quede claro lo que defiendo: editar es mucho más que publicar libros; es poner el conocimiento al alcance de todo el mundo y hacerlo perdurar.
Si mi testimonio sirve para aumentar el reconocimiento de nuestro oficio y de las personas que lo ejercemos con pasión, me doy por satisfecha.
Por el momento, el reconocimiento lo ha recibido ella, y el servicio que encabeza, en diferentes ocasiones; la última, el galardón Sapientia (Xarxa Vives–URV, junio de 2025), que reconoce su trayectoria de trabajo en la edición universitaria. Sería bueno que su testimonio sirviera para conocer y reconocer la labor de editora y, sobre todo, en una sociedad que tiende a invisibilizar a las mujeres, poner cara y ojos a unas profesionales que son referentes absolutos en el sector editorial valenciano. Por sus frutos conoceréis a Maite Simón, una mujer de oficio que siempre ha tenido claro su lugar.
Cuestionario
Dones editores valencianes. Testimonis contra la desmemòria editorial
Definición telegráfica de una editora.
La definición es difícil, y la brevedad que pides todavía más.
Muy sintéticamente, una editora es una profesional que, con la intervención de un equipo de personas, transforma un original en un libro de la manera más adecuada.
Un libro que te habría gustado editar.
Más que un único libro, me habría gustado editar libros de tipologías diversas. Como editora universitaria he editado ensayo, libro académico, materiales docentes, obras de referencia, divulgación científica, teatro, poesía, obras singulares…, pero me queda la espinita de no haber tocado otros palos como la edición literaria o la literatura infantil y juvenil.
Una editora de referencia.
No sé qué decirte, la verdad, porque las editoras que más valoro son las que están cocinando o cosiendo entre bastidores, las que hacen los libros, las que deben saber cómo dar forma a los originales y tomar las decisiones técnicas, y que muy a menudo son anónimas. Las editoras publishers quedan más alejadas de mi perfil, pero también me despiertan una gran admiración. En nuestra casa, dos mujeres que representan, creo, esas dos caras del dado —y algunas más— son Rosa Serrano y Dolors Pedrós; una ha hecho, y la otra todavía hace, todos los papeles del proceso editorial de manera meritoria. Mi reconocimiento también tiene mucho que ver con su calidad humana. Ambas son personas extraordinarias.
La pesadilla de una editora es…
Que, después del trabajo de muchos meses, el libro que has enviado a imprenta todavía tenga alguna errata u otro problema de edición.
El gran sueño de una editora es…
Te diré dos:
Que nunca deje de tener sentido el trabajo de hacer libros —en cualquier soporte—, porque significará que hay autores, profesionales de la edición, de la corrección, de la maquetación, de la fotografía y la ilustración, de la comunicación, de la distribución y la venta… y público lector que los lee.
Que los libros que has editado sean de interés, despierten pasiones y que te paren por la calle (¡je, je, je!) para decirte qué maravilla de libros haces.
Un libro en la mesita de noche.
El que tengo entre manos, el siguiente que espera y algún otro inacabado que me resisto a devolver a la estantería, por si acaso.
De poesía, siempre hay alguno…
Un libro de fondo de armario.
Para el fondo de armario me encantan las biografías y autobiografías, los diarios, las memorias, los epistolarios o algunas antologías sobre temas de mi interés.
¿Alguna vez te ha salvado un libro? ¿Cuál?
Los primeros libros que leí en valenciano me salvaron de muchas cosas. Conservo unos cuantos, tímidamente subrayados a lápiz, anotados con el significado de las palabras que desconocía, que eran infinitas. Aquellas lecturas ávidas me salvaron del monolingüismo y del analfabetismo en la que, desde hace décadas, es mi primera lengua (que no es la materna).
Qué libro llevarías a una primera cita.
Depende de con quién sea la cita… ¡je, je, je!
Si pudieras tener un cara a cara con un libro, ¿con cuál sería y qué le harías?
Pagaría por recuperar un libro de juventud, el primero que leí de Mario Benedetti, Inventario. Era una edición mexicana, creo, con una cubierta amarillenta, texturada y como de mimbre. Si volviera a tener en las manos aquel ejemplar —el auténtico—, todo arrugado de tanto leerlo y prestarlo, me encerraría con él para leérmelo en voz alta. Contendría mucho más que versos.
Tienes el poder de resolver uno de los problemas del mundo editorial, ¿cuál eliges?
Los índices de lectura —no de compra— de la población, por la importancia que tienen en la formación de las personas, y la dimensión exagerada de las cifras de novedades, que es un problema ecológico, industrial y social.
¿Qué libro recetarías a alguien que está atravesando una crisis existencial?
Un clásico que recomiendo a menudo, no necesariamente a personas que lo estén pasando mal, es El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Me impresionó.
Si fueras escritora, ¿con quién te gustaría publicar?
Con editoriales valencianas, que son muchas y de calidad. Evidentemente, en Cataluña y en las Baleares hay editoriales muy prestigiosas y sería todo un honor poder publicar también allí, pero creo que me sentiría muy satisfecha de poder hacerlo en casa.


