Costa Rica: el país que se creyó monolingüe. Del multilingüismo en la ciencia y en la cultura globales

23/06/2026Gustavo Solórzano-Alfaro

El autor reflexiona sobre cómo la edición universitaria se convierte en una herramienta clave para preservar, activar y difundir la diversidad lingüística, ante cualquier tipo de visión hegemónica.

Costa Rica: el país que se creyó monolingüe. Del multilingüismo en la ciencia y en la cultura globales
Dos mujeres (Francisco Zúñiga, 1971)

Costa Rica se cuenta a sí misma en una sola lengua. El relato es conocido: una nación pequeña, homogénea, sin pasado indígena visible, donde el español del Valle Central alcanzaría para nombrarlo todo. Como sucede con los relatos fundacionales, basta una mirada atenta para ver las costuras de tal idea. En nuestro territorio se hablan siete lenguas originarias de estirpe chibchense (bribri, cabécar, malecu, brunca, brörán, ngäbere y buglere), persisten los rastros documentales de dos extintas (huetar y chorotega) y circulan, además, el criollo limonense (de raíz anglocaribeña) y la lengua de señas costarricense, entre otros registros. Nuestro “monolingüismo” fue una política, más que un hecho. Frente a esa política, las editoriales de las universidades públicas han sostenido una alternativa, desde hace más de medio siglo.

Se puede contar la historia con una muestra de libros. La Universidad de Costa Rica publicó Bribri I (1978), de Adolfo Constenla y Enrique Margery, material pionero para la enseñanza de la lengua indígena con mayor número de hablantes del país. Constenla, consultor de la Unesco y miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, dedicó su vida a describir las lenguas chibchenses y los alfabetos que dieron escritura a idiomas que habían sobrevivido siglos por pura tradición oral. Vendrían después el Diccionario cabécar-español (1989), de Enrique Margery; el Curso básico de bribri (1998), de Constenla, Feliciano Elizondo y Francico Pereira y Se' ẽ' yawö bribri wa. Aprendemos la lengua bribri (2009), de la lingüista Carla Jara y el investigador bribri Alí García Segura, coautoría que ya anunciaba un cambio de paradigma.

Ese cambio es quizá lo más relevante que la edición universitaria costarricense puede aportar al debate iberoamericano. Los proyectos recientes de la UCR, coordinados por Carlos Sánchez Avendaño, han producido diccionarios temáticos y enciclopedias etnográficas del malecu, del bribri, del brörán y del brunca, con los hablantes como coautores y no como meros informantes. Pasamos así de libros como “trofeos académicos” sobre una cultura a libros que se convierten en una herramienta de esa cultura. El Instituto Clodomiro Picado (autoridad mundial en sueros antiofídicos) publicó Serpientes de Costa Rica y prevención de mordeduras (2009), una guía en cabécar, que contó con la colaboración para la traducción y la validación de personas hablantes de la propia comunidad: ciencia escrita en una lengua originaria, para personas lectoras que viven entre esas serpientes. Una distinción más que significativa.

Una lengua que no se edita, se entierra

Las otras editoriales del sistema público han hecho su parte. La Editorial Tecnológica asumió The Chibchan Languages (2007), de Juan Diego Quesada y la Editorial UTN lanzó Educación para el Buen Vivir. Saberes y sentires del pueblo Ngäbe (2018), de Giovanni Beluche. Y podemos citar, entre muchos otros ejemplos, los siguientes: la EUNA publicó Mausírrajáca Marama. Narraciones sobre espiritualidad malecu (2025), de Víctor Madrigal y Eustaquio Castro. Desde la Escuela de Literatura de la UNA se lanzaron tres volúmenes de ¡Ale che buglere tadege! (Aprendamos buglere, 2020-2023), de Isabel Cristina Bolaños y Juan Diego Quesada. ¿Los números justifican estos catálogos? No. Los censos recientes registran unas escasas 30 000 personas que hablan algunas de las lenguas citadas. Sabemos que el mercado no sostiene estos libros. Los sostiene una decisión universitaria: la convicción de que una lengua que no se edita es una lengua que se entierra.

Una segunda cara del multilingüismo, las lenguas que entran, es menos evidente. Se repite que en Costa Rica no ha existido tradición de traducción. Tal presunción se desmonta con dos nombres. José Basileo Acuña tradujo, entre 1925 y 1984, desde baladas inglesas anónimas hasta Shakespeare, simbolistas franceses, Lafcadio Hearn o Joseph Conrad; la EUNA y la EUNED rescataron ese corpus de mimeógrafos, revistas y manuscritos inéditos y lo reunieron en cuatro tomos. Joaquín Gutiérrez, el novelista de Murámonos Federico, vertió al español Hamlet, Macbeth, El rey Lear y Julio César; su Hamlet apareció en 1983 con el sello de la EUNED, una editorial que entonces tenía apenas cuatro años de fundada y que decidió que una universidad a distancia podía empezar por ahí, por poner a Shakespeare a hablar en el español de América. La EUNA continúa esa línea con ediciones bilingües, como Una artimaña sublime. Microrrelatos en inglés del siglo XIX y principios del XX traducidos al español (2023), de Francisco Vargas Gómez; textos de Poe, Twain, Chopin o Woolf publicados junto a sus originales y presentados sin complejos como actos de reescritura. Traducir es la otra mitad del multilingüismo. Un país es plurilingüe tanto por las lenguas que nacen en su territorio, como por aquellas que decide incorporar a sus bibliotecas.

Juanita Segundo Sánchez durante la grabación del audiolibro Yöbi Yöne. “La creación del Mundo y otras historias bribris”. Conocida en su comunidad como Juanita Yeyewak Deokkwat, sabia indígena del pueblo bribri del Caribe Sur, ha dedicado su vida a recopilar y transmitir los relatos que explican el origen del mundo, el respeto por los ancestros y el vínculo espiritual con la naturaleza.

 

Escribo desde la UNED, y el proyecto que mejor resume hacia dónde vamos es un audiolibro: Yöbi Yöne. La creación del mundo y otras historias bribris (2025), compilado y narrado por Juanita Segundo Sánchez, veintidós relatos narrados en bribri y en español, hoy parte del patrimonio sonoro nacional. La versión impresa, en preparación, se distribuirá de forma gratuita en las comunidades bribris de Talamanca y del Pacífico, en centros educativos y en las sedes universitarias. El circuito se completa: la palabra sale del territorio y regresa a él, en su lengua y sin costo, tras pasar por la universidad. Para idiomas que vivieron siglos en la voz, el audio devuelve la palabra a su formato original. Desde la EUNED, propiamente, se impulsan libros como Las inundaciones y el siwä. Acercamiento a la historia ambiental de Talamanca (2016), de Uri Salas Díaz o Cuentos en cabécar para la niñez. Ditsä́ yabalá i̱a̱ ká̱pákë̱́ (2023), de Rogelio Barquero Reyes, Evelyn Araya Fonseca y Gerson Esteban García González.

¿Por qué contar todo esto a la comunidad iberoamericana? Porque el Acuerdo de Guadalajara nos comprometió a posicionar el español y el portugués como lenguas plenas de ciencia, y esa causa, que comparto y defiendo, debe evitar el riesgo de replicar fronteras adentro la jerarquía que denunciamos fronteras afuera. Si nos indigna que el inglés se haya vuelto el filtro obligatorio del conocimiento, no podemos pasar por alto cuando el español opera como filtro sobre el bribri o el malecu. La defensa del multilingüismo científico empieza en casa; de lo contrario, nos estamos limitando a competir dentro de una visión hegemónica.

Las firmas del Acuerdo de Guadalajara se suceden bajo el lema “Ciencia para todos”. La experiencia costarricense le agrega un matiz: para todos y todas quiere decir, también, en la lengua de cada quien. Una guía de serpientes en cabécar vale, como declaración de principios, lo que cualquier manifiesto. El multilingüismo no solamente se proclama. Se edita.

Les invitamos a ver el lanzamiento nacional del audiolibro Yöbi Yöne: La creación del Mundo y otras historias bribris, realizado el 16 de octubre de 2025.

Gustavo Solórzano-Alfaro

Gustavo Solórzano-Alfaro

Escritor, editor, crítico, traductor y catedrático costarricense. Director de la Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED) y vicepresidente septentrional de EULAC. Foto: ©Guillermo Barquero

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