
Conozco a Carme Pinyana (Almassora, la Plana Alta, 1961) desde hace más de una década, pero el primer contacto que tuve con ella no fue como editora, sino como socia de ADONA’T, la Associació de Dones Nacionalistes ‘Terra’, de la cual actualmente es la presidenta. Me invitaba a participar como poeta en uno de los actos que habían organizado, y después también como periodista de divulgación literaria, en el proyecto “Lite-rates. Mamíferes de la cultura”. Del primer contacto visual recuerdo su sonrisa. Después, ya descubrí, y con los años lo he podido constatar, su eficiencia, profesionalidad y amor por la cultura y por el mundo del libro en particular, así como su compromiso por la igualdad. De hecho, en 2025 fue distinguida por el Consell Valencià de Cultura, institución que cumple la función de ser órgano consultivo y asesor del conjunto de las instituciones de la Generalidad Valenciana en aquellas cuestiones que tengan que ver con la cultura valenciana, junto con otras siete mujeres valencianas, por su trayectoria en defensa de la igualdad de hombres y mujeres; así como por la Universitat Rovira i Virgili, con cuatro profesionales más de la edición universitaria, donde se reconocía su periplo relevante en el sector, entre los que se encontraba otra de las editoras universitarias, Maite Simón. Carme y yo nos hemos encontrado en mil y un actos de lengua, literatura, cultura y país, y en todos nos hemos alegrado de coincidir, pero nunca habíamos tenido una conversación calmada sobre su labor en la editorial académica de Castelló, Publicacions de la Universitat Jaume I (UJI). La ocasión es fantástica, y me satisface que su historia ligada al mundo editorial quede patente en estas páginas.
Cuando Carme Pinyana Garí empezó a recibir clases en valenciano lo hacía fuera de horas, porque entonces, recién estrenada la administración “democrática”, aún no se había incluido la asignatura de valenciano en el currículum escolar. Estudió Magisterio y aprobó las oposiciones por la especialidad de inglés, a pesar de que ella habría deseado irse a la Universidad de Salamanca a estudiar Arqueología. Como maestra, ejerció unos meses, porque sufrió una apendicitis complicada. Cuando le dieron el alta, ya empezado el curso, le asignaron una comisión de servicio y fue destinada a la dirección territorial de la Conselleria de Cultura a impartir cursos de alfabetización de valenciano para funcionarios, que después amplió al Gobierno Civil, a la Conselleria de Agricultura y otras administraciones donde la reclamaban.
Cuando se pone en marcha la Universitat Jaume I, en el año 1991, Carme ya se había licenciado en Filología en la Universitat de València y había trabajado en algunos proyectos puntuales con el escritor y catedrático Lluís Meseguer, que en aquel momento era el encargado de poner en marcha el servicio de publicaciones de la UJI y que sería el germen de la editorial. “Empecé, primero, haciendo normalización lingüística, traducciones… Y, enseguida, me uní al equipo de Meseguer, que en aquel momento estaba formado por él mismo, como director; Màxim Albella, como maquetador, y Lluís Renard, como encargado de la distribución y venta. Yo empecé a hacer tareas de correctora, a tratar con los autores, fui aprendiendo a hacer de editora, hasta que asumí el cargo.”
Actualmente, la Universitat Jaume I publica alrededor de cincuenta títulos de libros al año en diversos formatos, además del apoyo que presta a las revistas científicas. A pesar de ello, solo son tres personas en el equipo interno de la editorial, aunque cuentan con un refuerzo administrativo, de diseño y audiovisual, etc., en algunos proyectos que se gestionan dentro del Servei de Comunicació i Publicacions. Aun así, la Universidad debe externalizar parte de los procesos, como la corrección y la maquetación. “Publicamos mucho más, y con más criterios, y con más protocolos cada vez. Todo ello implica más exigencia, pero seguimos siendo tres en el servicio, y este hecho nos abruma un poco, ya que no podemos atender a la editorial en todas las dimensiones y complejidades que nos gustaría.”
Como dices, esto supone un aumento del volumen de trabajo. ¿Qué implica para ti un día de trabajo?
Básicamente, atiendo a mis interlocutores, empezando por los autores, y coordino las tareas relativas a la edición como, por ejemplo, la corrección, el diseño, la maquetación, todo ese tipo de procesos profesionales. Intento asumir con eficiencia el control de la calidad y de los plazos, y velo por la fluidez. Atiendo, además, a colegas de otras editoriales, con los que coeditamos diversas colecciones. Estoy pendiente de sus necesidades y de las dudas que puedan surgir, porque también hacemos publicaciones conjuntas con otras universidades e instituciones, como por ejemplo la Diputación, el Ayuntamiento o fundaciones…
Cuando una publicación se da por cerrada, es decir, cuando los trabajos de preimpresión están cumplidos, entonces intervienen los compañeros que se ocupan de tramitar las salidas: preparación de los archivos para la impresión, para la venta del libro electrónico, puesta a disposición en acceso abierto… Aquí entra la profesionalidad del compañero Pablo Gual. Y después ya entra la distribución y la venta. Aun así, debo atender mínimamente la promoción y difusión de la obra, y eso significa hacer acompañamiento y presencia en ferias, organizar presentaciones con representación institucional, ayudar a conseguir reseñas… y todo lo que sea necesario que haga una editora para que sus libros tengan un recorrido adecuado y lleguen a las manos de las personas interesadas.
Carme Pinyana ya venía enamorada del mundo del libro desde casa, “me atraía el tema lingüístico, siempre me han interesado las lenguas, sobre todo el catalán, y nuestra cultura. Vi que esa era mi vocación”. No puede ocultar que es feliz trabajando para los libros y en el mundo de los libros. Asegura que nadie puede tener un oficio mejor que el suyo. Y explica la gran satisfacción que le produce su trabajo de una manera tan acertada que transcribo literalmente:
“Si has editado libros durante una treintena de años, con una cincuentena de libros cada año, y calculas que cada obra puede tener entre uno y veinte nombres de autoría en el índice, las cifras que mueves son importantes.
Los procesos de edición requieren que, con los compañeros del equipo editorial, hayas tenido que contactar, además de con autores, con las personas encargadas de evaluar los contenidos, de dirigir las colecciones, de traducir, de corregir, de maquetar e introducir correcciones, de ilustrar y diseñar tanto los interiores como las cubiertas, de hacer prólogos o epílogos, de tramitar presupuestos, de cerrar contratos de edición, de hacer gestiones codificadoras y catalográficas, de imprimir, de encuadernar, de transportar, de almacenar tanto los ejemplares físicos como los archivos digitales, de distribuir los libros en las librerías y en las plataformas digitales, de difundir las novedades entre medios de comunicación y redes, de diseñar catálogos y material publicitario, de organizar y difundir actos presenciales y ferias del sector editorial, de administrar económicamente tanto gastos como ganancias, de actualizar la tienda propia en la web, de generar noticias, de atender los puntos de venta y a los clientes, de hacer contratos y liquidar… a parte de las personas con quienes has tenido que tratar para conseguir o vender derechos, de obtener recursos directos o mediante coediciones, de responder a necesidades diversas como certificados para los autores, de mantener las relaciones entre colegas de otras universidades o editoriales privadas para establecer alianzas, de asistir a jornadas profesionales de formación, de presentar candidaturas a premios, y ganar (algunos)… Esto significa que, al ser editora, te ha tocado la mayor suerte del mundo.”
Pero, a pesar de esta pasión infinita por la edición y todo lo que conlleva, reconoce que la manera de hacer las cosas está cambiando; el mundo de la edición universitaria, como el resto de gestiones que exige la administración en general, requiere una serie de pasos burocráticos que resultan fastidiosos, no lo niega.
¿Cómo describirías los cambios en la edición universitaria?
Desde hace años, las agencias evaluadoras del profesorado han obligado, para otorgar acreditaciones que permitan promocionar dentro de las universidades, a que el personal docente e investigador publique una serie de artículos en unas determinadas revistas que supuestamente tienen más calidad y proyección que otras. Esto había conllevado una verdadera presión, y un abandono de la tarea de escribir libros en favor de la redacción de artículos, mucho más cortos.
Las universidades tienen un protocolo en el que las propuestas de publicación deben superar evaluaciones externas que ralentizan el proceso. Hasta ahora la ANECA, la agencia estatal, no puntuaba la edición de libros, con lo cual quien quería escribir un libro ya lo hacía porque no necesitaba “evaluarse”, es decir, porque su carrera ya estaba consolidada.
Ahora parece que hay un cambio, pero ya lo veremos, porque el tiempo que se debe invertir para escribir un libro —que la UNESCO define como una publicación de un mínimo de cincuenta páginas— no es comparable a redactar un artículo de revista. Las nuevas generaciones de profesorado ya están deshabituadas a escribir libros, aparte de que a menudo en las revistas cercanas, que normalmente ya están en acceso abierto, no existen los rigores ortotipográficos y formales de presentación que exigimos en los libros.
¿Y qué exigís para que un libro sea publicable?
Lo primero que tenemos en cuenta es que el contenido sea vigente, útil y riguroso y, por descontado, que respete los parámetros éticos de la ciencia y los estándares editoriales.
En la línea editorial de Publicaciones de la UJI se dice claramente que no publicamos creación literaria ni opinión. Cuando nos llega una propuesta y se adecua a la línea, desde la editorial buscamos los referees, evaluaciones externas y anónimas de personas expertas en la materia, lo que se denomina revisión por pares. Y quedamos a la espera de los informes, que pueden tardar entre tres semanas y tres meses. Pero no todo se debe evaluar, como por ejemplo los resultados de jornadas, congresos, etc., que cuentan con un comité científico encargado de avalar los contenidos. También hay libros de carácter institucional, como la Col·lecció Homenatges, en la que se rinden honores a una personalidad muy relevante para la Universitat Jaume I, y en la que hay unos responsables de elegir los contenidos de la edición, que no requieren validación científica.
Carme Pinyana tiene muy claros cuáles son sus intereses como editora, entre los cuales destacan la calidad de contenidos, el rigor, la vigencia y la edición en la lengua propia, que no es fácil, recalca, “porque el catalán no es valioso para el mundo científico”. Aboga por el mantenimiento de los estándares de calidad editorial formal y ortotipográfica y, por encima de todo, por el respeto a los principios universitarios y democráticos y de igualdad. Además, cree que se tiene que potenciar la cooperación editorial, y por ello trabaja realizando coediciones; una buena muestra son las colecciones Aldea Global y la Biblioteca de Traducció i Interpretació, o la edición puntual de obras de interés mutuo. Desde sus inicios como editora ha contribuido de manera activa al trabajo asociativo en la Unión de Editoriales Universitarias Españolas (UNE), en la Associació d’Editorials del País Valencià (AEPV), en la Fundació pel Llibre i la Lectura (FULL), en la Xarxa Vives d’Universitats, en las Editorials Universitàries Valencianes (Editunival) y en el Grup de Dones Editores Valencianes.
En este punto de la conversación, Carme me dice que siempre agradecerá a Maite Simón su preocupación constante por unir fuerzas. “Ella es una valedora incansable del trabajo colaborativo. Cuando me incorporé a Publicacions de la UJI, Maite, que ya era un referente, aunque no hacía muchos años que estaba en el sector, contactó conmigo y me animó a asociarme; me convenció de que teníamos que trabajar juntas, y me acompañó, facilitándome todo su apoyo. Y, gracias a su persistencia, la Universitat Jaume I entró a formar parte activamente de esta red asociativa que nos ha ayudado mucho.”
Una de las cosas que las dos tienen en común es la conservación y la defensa a ultranza de los estándares de calidad editorial formal y ortotipográfica porque, como en otros oficios, comenta con cierta ironía que todo el mundo sabe hacer de todo. Me explica que deben estar continuamente luchando para justificar sus exigencias. “Hay autores —cada vez menos— que tienen la piel muy fina cuando les corriges los textos, se sienten cuestionados, y la verdad es que nuestra intención no es otra que preservar su buen nombre… Y a menudo también se piensa que con un programa de Word todo el mundo puede maquetar. Por eso debemos defender sin descanso los criterios de formalidad y de rigor ortotipográfico y del estándar editorial tradicional.”
¿Percibes, entonces, cierto peligro de que esto se pierda?
Ya se está perdiendo, porque hay mucha gente que desconoce los estándares y, a veces, lees libros que te hacen echarte las manos a la cabeza. Como decíamos, cualquiera puede editar por lo que se ve, sin una mínima formación. Y te preguntas qué editorial se ha atrevido a hacer eso, porque encuentras muchas faltas de ortografía, palabras mal partidas, líneas viudas, etc. Vaya por delante que es bien sabido, que no hay libro sin errata, pero es innegable que los textos los tienen que mirar quienes están preparados para encontrarlas. Y no solo el corrector automático ni la inteligencia artificial. Unos ojos humanos son imprescindibles.
¿Entiendo, por lo que dices, que dentro del mismo sector hay falta de profesionalización? En este caso, ¿hablas de intrusismo?
En todos los sectores deberíamos exigir una máxima profesionalización, y el intrusismo es evidente, y más desde la popularización tecnológica. Uno de los problemas es la autoedición. La edición sin editoriales. No pueden pensar que, con el corrector automático del Word, o la IA sin más, un texto ya está preparado o revisado. Se deben tener en cuenta las reglas ortotipográficas, la tipografía general y de composición de las páginas, así como el diseño y la ubicación de blancos…, si queremos un producto editorial de calidad, principalmente si tiene ir impreso.
Y se debe tener en cuenta el contenido. No hay límite ahora para la inteligencia artificial generativa. Pero nos podemos encontrar en un mundo lleno de erratas, lugares comunes, y “alucinaciones”, como se ha dado en llamar a las mentiras, incertidumbres y aproximaciones.
Hace un tiempo surgió la noticia de que Amazon había restringido la autoedición de más de tres títulos diarios por autoría. Esto significa que una persona puede escribir (y, por lo tanto, corregir, maquetar, diseñar cubiertas…) infinidad de libros cada día, y ponerlos a la venta en la plataforma, y si se venden se venden, y si no, no pasa nada… Y esto también es un problema, no solo de intrusismo, y de atentado a la cultura, sino de sostenibilidad. Porque esta masiva producción, como todo lo que es masivo, contamina, y no solo de manera simbólica.
Hablas de la actualización. De hecho, ahora editáis en tres formatos: en papel, en PDF enriquecido y en EPUB.
Sí. Cuando se acaba la fase de edición, vienen las “salidas”, que pueden ser físicas (impresión en papel) o electrónicas (PDF, EPUB…). Parece que la edición electrónica es el futuro, pero todavía hay mucha gente que quiere papel. Esa es nuestra experiencia. Cuando alguien quiere que su libro tenga pervivencia real te pide papel. Y tenemos claro que el libro se debe someter a una serie de normas clásicas que implican la legibilidad sobre el papel de la página. Y esto es algo que nosotros queremos mantener, aunque haya gente que no le dé importancia, y lo quiera todo en electrónico y en abierto. Es una tendencia, sobre todo para resultados de investigación, con el argumento de la democratización de la ciencia, y porque genera buenas evaluaciones para la acreditación del profesorado universitario.
De hecho, en la actualidad todos los libros que se editan y se venden en papel en Publicacions de la Universitat Jaume I también tienen la salida electrónica, a veces están a la venta y otras, en abierto. Pero una apuesta personal, una cabezonería íntima, es que aquello que esté físicamente impreso debe ser de calidad, igual ahora que en el siglo XVIII.
¿Cuesta mucho mantener un equilibrio entre una buena edición y un contenido científico?
Siempre hay que intentarlo. Es fácil conseguirlo con los libros sobre historia del arte que editamos de la mano de Víctor Mínguez, Inmaculada Rodríguez, Gaetano Giannotta… o los que hemos editado a cargo de Vicent Garcia Edo sobre la legislación y documentación medieval, o incluso en los libros de investigación feminista, de la Col·lecció Sendes, fundada por Rosalía Torrent… Ahora bien, cuando te encuentras con libros de tecnología cerámica o manuales de física, como el de Josep Planelles, o de dibujo técnico o diseño por ordenador de Margarita Vergara, la cosa se complica un poco… ¡pero miramos de conseguirlo siempre!
¿Qué tipo de editora crees que eres?
No me considero editora de mesa tanto como, por ejemplo, lo es Maite Simón; ni tan intervencionista en el contenido de los libros, ya que mi misión es más técnica, con una formación eminentemente lingüística. Pero igual edito libros de historia, como de sociología o de química computacional. Entonces es imposible entrar en discusión por los contenidos, pero sí en la manera de exponerlos, en su “literatura”.
Como he dicho más arriba, me considero fiel a la institución por encima de todo, y hago lo posible por editar buenos libros, bien hechos desde todos los puntos de vista, que lleven el nombre del autor y el sello de la Universitat Jaume I, que sean motivo de satisfacción para todo el mundo, y contribuyan a la excelencia colectiva, académica y científica.
Imagino que tengo un carácter un poco “consistente”, y que, según quién, en más de una ocasión me ha tildado de inflexible por mantener esos principios.
¿Crees que tenéis cosas en común las mujeres editoras objeto de este libro?
Yo creo que tenemos unos objetivos similares, cada una en su sector. Estamos en sintonía y queremos mantener, en mi caso y el de Maite Simón, los objetivos universitarios, y con el resto de editoras, el rigor, los principios democráticos, la igualdad y la calidad. Todas somos muy buenas lectoras, colegas y nos entendemos; sabemos que, si tenemos un conflicto, podemos levantar el teléfono y plantearlo, al igual que si tenemos una duda. Estamos contentas de conocernos.
¿Este conocimiento y complicidad se ha generado en el cálido ambiente que emana de la Associació d’Editorials del País Valencià?
Sí, y, además, estar asociadas ha dado muchos frutos. La Associació ha sido muy dinámica, y se han conseguido muchos objetivos, hemos estado en ferias internacionales, como Turín, Frankfurt o Guadalajara. Yo me incorporé en el año 1991 y en aquel momento era presidenta la magnífica editora Rosa Serrano. Ya había tejido editorial valenciano, porque desde los años ochenta y poco se habían creado editoriales punteras y ya había gente importante bregando para que el sector editorial valenciano alcanzara un peso importante y que los libros hechos aquí tuvieran valor.
Se ha hecho mucho trabajo importante y eso nos ha puesto en el mapa, también a las universidades. Pero creo que ahora sufriremos un momento de crisis, el gobierno conservador actual está restringiendo ayudas económicas al sector de la cultura y del libro. A nosotros, como editoriales universitarias, no nos afecta tanto porque no podemos optar a muchas ayudas por ser ente público, pero sí que se verá perjudicado el resto del tejido editorial valenciano, que tenía una vitalidad indiscutible y que ahora sufre dificultades.
¿Vendéis los libros en la sede que la UJI tiene en la ciudad, la Llotja del Cànem, pero también tenéis acceso a las librerías?
Además de la tienda virtual en la web tenda.uji.es y en la Llotja del Cànem, en la sede de la ciudad de la Universitat Jaume I, también intentamos estar presentes en las librerías, pero estas son negocios privados y los nuestros son libros muy particulares que no son de venta masiva. Por eso también intentamos hacer presentaciones presenciales, donde los autores pueden reunir a personas interesadas y hacer sentir el encanto y el valor de la producción intelectual, explicando su investigación y promoviendo su lectura. También participamos en ferias del libro, tanto locales como en otros ámbitos, que dan recorrido a las publicaciones.
Le pregunto si hay alguna publicación o colección de la que se sienta más orgullosa. Respira, no es una pregunta fácil. Son muchos años de trabajo… ¿Cuántos libros ha publicado? ¿Mil quinientos? ¡Poca broma! Pero me habla de una pequeña joya, Cronografia tòpica del calendari julià, que se publicó en el año 1993 por una eminencia con quien la UJI tuvo la satisfacción de contar en su claustro, Arcadi Garcia Sanz. El libro, muy bello, maquetado con un estilo clásico, fue elegido por la rectora Eva Alcón, a propuesta de la vicerrectora, Carmen Lázaro, como libro de la ciencia, que se entrega en los actos de nombramiento de honoris causa, junto con el anillo y los guantes. Llegado el momento, encuadernamos un ejemplar en piel, y en las páginas iniciales escribimos a quién pertenece el libro, durante el mandato de qué rector y la fecha de entrega. Generalmente se entrega la Cronografia, pero en una ocasión se donó El relato de Soniechka, de Marina Tsvetàieva, traducido por Reyes García Burdeus, igualmente sobreencuadernado en piel y personalizado, a la honoris causa Diana Maffia, por su contribución al feminismo.
¿Dónde está el problema principal del mundo editorial valenciano en catalán?
Entiendo que te refieres a la edición desde un punto de vista generalista. En cuanto a la edición universitaria, la lengua no está en un buen momento. Además del castellano, que interfiere profusamente como en todas las facetas de la vida, también está el inglés, lengua de comunicación científica por excelencia desde hace años. Entiendo que la democratización de la tecnología generativa conllevará una facilidad en la traducción de contenidos, por lo tanto, no será tan complicado acceder a textos en la lengua que se desee, pero, en cuanto a la impresión de libros, nos encontramos con un problema estructural, porque somos una sociedad pequeña, con una fuerte presencia del castellano, y tenemos una lengua minorizada con poco apoyo por parte de los gobiernos políticos.
Carme Pinyana es una bibliófila —me costaría imaginarla de otra manera— y una lectora casi insaciable. Lee de todo —poesía, novela, ensayo…—, y de todo ofrece una impresión en un blog (www.descriu.org), que después se ha convertido en una recopilación de reseñas de libros en catalán de autores del siglo XXI, De lectures i digestions (Editorial Scito), donde he tenido la ocasión de encontrarme incluida como poeta.
En la plataforma Descriu.org, ha inicado otro titulado Cartes epilogals, en el cual rinde homenaje a personas primordiales, mayoritariamente autores y autoras, pero no solo, que han contribuido a la consolidación de la editorial Publicacions de la Universitat Jaume I. Lo hace con misivas personalizadas y es una prueba más de su irrenunciable debilidad por la sabiduría.
De nuevo, reconoce que tiene un carácter estricto y que no hace demasiadas concesiones, lo cual le ha llevado a granjearse algunas “antipatías”. Por otra parte, ha recibido muchas satisfacciones y agradecimientos que la llenan de emoción, ya que considera que solo ejerce su trabajo lo mejor que puede. Y de eso se trata, ¿no?
Más allá del talante profesional, Carme es una persona curiosa, impulsiva y desordenada, que tiene demasiados papeles sobre la mesa en esta era digital, pero expeditiva y efectiva y con capacidad para apagar fuegos. No nos cansaremos de decirlo, le gusta leer y escuchar música, viajar, divertirse, aprender… Siente una atracción especial por las personas que saben cosas que ella no sabe, sin tener en cuenta la apariencia ni la edad, es una especie de sapiosexual, y sobre todo cree que ha tenido mucha suerte en la vida, y que se ha topado con gente buenísima que la ha hecho disfrutar al máximo. Su lema es Satis vixit. Y con eso ya está todo dicho.
Dones editores valencianes. Testimonis contra la desmemòria editorial
Cuestionario
Definición telegráfica de una editora.
Una editora es quien edita. La cuestión radica en las definiciones del verbo editar. El diccionario de la AVL da como primera acepción “Publicar por medio de la imprenta o por otros procedimientos de reproducción, y poner a la venta (un libro, una grabación, un periódico)”. Resulta urgente una actualización de esta entrada, ya que, por ejemplo, la retribución económica actual sobrepasa el concepto de vender el producto. En el mundo académico, legalmente se insta a poner en acceso abierto y en descarga gratuita el conocimiento generado y, por extensión, las publicaciones.
Editar, por lo tanto, en concreto refiriéndose a quien ejerce el oficio, diría que es asumir la responsabilidad de ofrecer al público, de poner a su disposición, una obra pensada y realizada por otras personas, en versión definitiva. Y eso implica elegir y actuar: revisar el contenido y hacer evaluar por otros el original en cuestión; prever los diversos procesos que intervendrán y presupuestar el coste económico. En función de ello, decidir la viabilidad de la publicación y comunicarlo, manteniendo un contacto continuado y afable durante todo el proceso con la interlocución correspondiente. Una vez lista la edición, mirar de promoverla, implicándose personalmente, y difundirla por los medios más adecuados.
Un libro que te gustaría haber editado.
Quizás me habría gustado ocuparme de alguna obra literaria de creación, tan diferentes a las que en el día a día genero, como la Nit fidel i virtuosa (Noche fiel y virtuosa), de Louise Glück, que editó en catalán Edicions del Buc antes de ser distinguida con el premio Nobel y posteriormente en castellano, Visor Libros. O Los errantes, de la narradora Olga Tokarczuk, editado por Anagrama en castellano, y en catalán por la editorial Rata, titulada Cos. En todo caso, estoy muy satisfecha de algunas de las ediciones aparecidas dentro del sello de Publicacions de la Universitat Jaume I, donde he tenido la suerte de poner al alcance traducciones literarias, como la colección avalada por el Institut d’Estudis Feministes i de Gènere de la UJI, “Sendes”, que ya cuenta con una treintena de títulos.
Una editora de referencia.
En el mundo académico y universitario, las editoras no son mediáticas, pero profeso admiración por algunas colegas cercanas, como por ejemplo la compañera, con quien he tenido la suerte de coincidir durante nuestro respectivo itinerario laboral, la editora de la Universitat de València, Maite Simón. Su exigencia profesional, preparación esmerada y carácter sumamente integrador y simpatía es insuperable desde todos los puntos de vista. Siempre he querido parecerme a ella, y me he aplicado a seguirla en sus iniciativas, y siempre, incluso cuando hemos discrepado, me he sentido arropada.
La pesadilla de una editora es…
Para una editora que se compromete a presentar la obra con la máxima calidad en cuestiones formales, la imperfección es la pesadilla más temida: erratas ortotipográficas, impresión y/o encuadernación defectuosa, retrasos en los plazos previstos… Esto sin entrar en cuestiones de contenido que, más allá de la sensación de inquietud, pueden convertirse en un problema legal, como la no detección de plagios, derechos ajenos no reconocidos… El peligro es constante; la intranquilidad en un proceso tan complejo, donde intervienen tantos factores y personas, como es la edición, es inevitable.
El gran sueño de una editora es…
Editar obras relevantes, de peso para la cultura del país, que aporten sustancia y fundamento, y que tengan una buena recepción entre su público destinatario. Me siento muy honrada de formar parte de esta recopilación de editoras valencianas que han demostrado a lo largo de los años profesionalidad y compromiso.
Un libro de mesita de noche.
Un libro de poemas. Muchos libros de poemas, a menudo de autores de nuestra tierra, de trayectoria y en activo como Dolors Miquel, Enric Casasses, Maria Josep Escrivà, Josep Pedrals, Susanna Lliberós, Josep Porcar, Imma Mànyez, Aina Garcia Carbó, Rosa Miró, Joan Navarro, Gràcia Jiménez, Antonina Canyelles… A veces, también de autorías clásicas, internacionales… La poesía tiene la virtud de interesarme y de motivarme, y hace que admire de los poetas su capacidad de decir cosas con pocas palabras. Aunque también cabe la narrativa, y el ensayo. El teatro, no tanto. Mi mesita de noche tiene una capacidad descomunal… casi es más grande que el dormitorio entero.
Un libro de fondo de armario.
Para una editora que, además, es una insaciable lectora es difícil responder a esta pregunta. En cuestión de literatura de creación, diría que soy una lectora vampira, me atraen las novedades editoriales. La sangre literaria joven, el olor, por decirlo así, de depósito legal reciente (independientemente de la edad de quien escribe) es muy apetecible. Siempre aspiro a descubrir nuevas sensibilidades, tramas insólitas, reflexiones inauditas, a sorprenderme, en definitiva.
Por citar alguno, he encontrado muy inspiradora la literatura que hace la escritora Irene Solà (1990), que ya me deleitó con Els dics, su primera novela, pero el deslumbramiento llegó con Canto yo y la montaña baila, y el deleite ha continuado con Te di ojos y miraste las tinieblas, ambas publicadas en castellano por Anagrama.
¿Te ha salvado alguna vez un libro? ¿Cuál?
Editar los libros que me han confiado durante todo el trayecto profesional es lo que me ha salvado. El nivel de implicación, el empoderamiento, la satisfacción que sientes al recibir los ejemplares impresos es indescriptible. El sentimiento de importancia al notificar a quien lo ha escrito que ya ha aparecido su criatura, literalmente porque la ha creado, es un gran acontecimiento. Es la redención. Y yo tengo la suerte de haberlo sentido más de un millar de veces, en una treintena de años de oficio. Es evidente que no siempre con la misma intensidad, pero en ocasiones se experimenta una especie de éxtasis editorial.
Como lectora, también he tenido grandes acompañamientos, no especialmente sanadores en un sentido estricto, pero que me han abierto las puertas del cielo y de la mente. Por ejemplo, obras maestras como Incierta gloria, de Joan Sales, o Camino de sirga, de Jesús Moncada, ambas de El Club Editor; o Solenoide, de Mircea Cărtărescu, de Edicions del Periscopi; 2666, la obra póstuma de Roberto Bolaño (1953-2003), de Anagrama, o Libertad, del norteamericano Jonathan Franzen, editado por Grup 62, me salvaron sendos veranos, siempre alternando con otras lecturas.
Qué libro llevarías a una primera cita.
A menudo, sea la ocasión que sea, regalo el tándem libro y vino, si no se pacta otra cosa, cuando alguien me invita a su casa. Un libro que suele triunfar es Castelló i la seua cuina. Tradicions, històries i receptes, de Joan Agustí y Pere Agustí.
En el caso hipotético de una primera cita con voluntad explícita de seducir sensualmente a la otra persona, optaría por regalar un ejemplar de Vitis vinífera amatòria, de Vicent Palatsí, editado por Onada Edicions.
A título de presentación, quizás regalaría un libro de poemas.
Si tuvieras un vis-à-vis con un libro, ¿con cuál sería y qué le harías?
Si te refieres a un vis-à-vis como un encuentro íntimo y privado, un “cara a cara” con connotaciones sexuales, debo confesar que me gusta la literatura erótica, me ha interesado y la encuentro incitante. Recuerdo haber leído bastantes títulos de la legendaria colección La Sonrisa Vertical de literatura universal, que me aportó el primer libro erótico que leí. También Deu pometes té el pomer, de Ofèlia Dracs, o Sor Mònika, de E.T.A. Hofmann, que tradujo después Jesús Moncada, con el seudónimo Gaudemi Gelabert, y que publicó Edicions de la Magrana. Cabe mencionar también la relación de los libros surgidos del Premi de Literatura de la Vall d'Albaida, que publica la editorial Bromera, entre ellos Dies de verema o Pell de pruna, ambos de Joan Olivares, o La flor de Hanako, de Xavier Mínguez, o el último premio, aun en imprenta, Clàssica luxúria, de Vicent Palatsí.
Tienes el poder de resolver uno de los problemas del mundo editorial, ¿cuál eliges?
De alguna manera me preocupan las consecuencias que pueden tener para el sector lo que se ha llamado “la edición sin editoras”. A pesar de los avances innegables que puede aportar la inteligencia artificial, tanto la generativa como la analítica, la autoedición puede provocar, si no hay una supervisión humana, una inundación del mercado de una serie de libros sin calidad formal y sin aval literario ni de contenido. Y parece que ya es, de hecho, una realidad.
Qué libro prescribirías a alguien que se encuentra en plena crisis existencial.
Depende de quién fuera la persona en crisis, pero, en todo caso, tendría que ser una obra bien escrita, bien editada, y a menudo diría que clásica. Sugeriría las Tristes, de Ovidio, traducido por Lluís Museros, en la edición de Publicacions de la Universitat Jaume I, en coedición con la Acadèmia Valenciana de la Llengua, dentro de una colección, “Ariadna”, de clásicos griegos y latinos, en versión bilingüe. A veces, leer a alguien que ha sufrido nos ayuda a superar nuestras penas. Por otra parte, también se debe prescribir con rotundidad una visita a la librería habitual, para que nos aconsejen lecturas divertidas, llenas de humor, que nos hagan pasar un buen rato, distendido y divertido.
Si fueras escritora, ¿con quién te gustaría publicar?
Con alguien que me acompañara en el proceso, que me aportara soluciones, sin hacerme sentir que entrego el original desaliñado, o que soy poco diestra con el manejo informático, por ejemplo. Con una editora atenta y sensible. He publicado un libro, De lectures i digestions. Llibres del segle xxi per a insaciables, con una editorial pequeña, Scito Edicions. Y me sentí a gusto y bien atendida. De sellos comerciales que editan con rigor, elegancia y categoría, hay muchos en nuestro país, entre los cuales los ya mencionados más arriba, y los de las colegas que me acompañan en este libro, también otros como Andana, Salze, Angle editorial, Proa, Males Herbes, Club Editor…


